OBRAS COMPLETAS
Liliana Campazzo: la poeta del eterno retorno
El primer libro que leí de Liliana Campazzo fue Escritos en el vidrio. Los poemas del después (2009) pero para ese entonces ya la conocía hacía rato: nos habíamos cruzado en varios encuentros de autores y autoras de la Patagonia durante la extensa y profunda primera década del nuevo milenio, para no hablar de la última y turbulenta década del milenio anterior. Además, claro, había leído poemas suyos en antologías, diarios, revistas, fanzines, recopilaciones de ponencias, programas y trípticos de festivales de poesía, todo ese material que también forma parte de nuestra literatura y que, de una forma humilde e invisible, secreta y constantemente la sostiene.
Pero Escritos en el vidrio fue el primer libro suyo que leí y, en cierta forma, todo mi análisis interpretativo gira alrededor de esas trascendentales cincuenta páginas.
*
Liliana Campazzo, nació en 1959 en Buenos Aires, y vive en la provincia de Río Negro desde 1976. Docente de nivel medio, coordinadora de talleres de escritura, talleres de Educación por el Arte, talleres de promoción de la lectura. Durante los años 1989 a 1995 fue coordinadora del Plan de Bibliotecas Viajeras de la provincia de Río Negro, realizando todo el recorrido de la Línea Sur con material de lectura y títeres.
Es en ese período cuando ocurre la entrada en la gran escena poética de Liliana Campazzo ocurre en 1991, cuando obtiene en 2º Premio en Poesía con su obra Firme como el acaso, en el Certamen “Poesía y Cuento Patagónicos”, organizado por la Fundación Banco Provincia del Neuquén.
Ya ese título complejo, que acaricia el oxímoron, señala lo que será el registro de la obra de la Campazzo. En esos quince poemas, la autora exhibe sus tópicos, sus tropos fundamentales: el misterio entrelazado con los lugares comunes del ser, la palabra poética peleando mano a mano con los juegos de palabras.
“Perdida estoy de mí
Ya ni sé dónde estoy
Por mi parte te digo que el jardín de mi casa
y mi casa
conmigo se fugaron.”
“Diáfanas bacterias han traspuesto
el umbral de algún signo y son palabras.”
“No es el caso, tampoÑо,
que termine
estos versos redondeando esta
O.”
Yo rescato estos versos, misteriosamente asintácticos:
“Toda belleza es falsa
pero el amor quizá.”
Casi de inmediato, en 1992, aparece De no poder, publicado por Feminaria, Revista de Creación para Mujeres. El volumen consta de seis partes: “Los poetas”, “La mujer”, “Las mujeres”, “La Madre”, “En la calle” y el homónimo “De no poder”.
Desde el primer fragmento, ve la luz este personaje que volverá a aparecer, una y otra vez, en los textos de Campazzo: la poeta en su casa, viviendo su vida de mujer y de poeta, escribiendo, jugando a escribir:
“Me siento, bajo la lámpara
un papel, excusa para nombrarte,
una mosca se posa en el lápiz,
еxcusа para dejar el juego.”
Un aire de haiku recorre todo el libro. Un haiku vistoso y violento. Sobre una mujer y una bufanda azul tejida se trama el texto. Ese De no poder del título vuelve a jugar con la polisemia de las palabras, de la frase sacada de contexto: “De no poder” puede ser, o bien una declaración del tema de una proposición o ensayo; o bien el principio de un enunciado, que postula una eventual alternativa sobre un estado de cosas.
La obra cierra deslindando la duda hacia la segunda de las opciones:
“De no poder se resuelve de esta forma
rompe espejos triza tardes sueña bosques.”
Como sucede también en los haikus, Campazzo nos muestra dos caras: la mujer de carne y hueso físicos; la mujer poeta de palabras simbólicas y resonantes. De esta doble vida da cuenta el poema que se encuentra en el corazón del libro y que nos enseña, como una epifanía, como Liliana Campazzo descubre la poesía en cualquier parte, o acaso convierte en poesía todo a su paso, hasta lo más pedestre o trivial:
“De esta dualidad
para contar el mundo
encuentra en la heladera
arroz poemado
entre libros y papeles
sueño destejido
la receta y un minúsculo papel
que dice:
detergente.”
En 1997, Campazzo obtuvo el 2º Premio por su poemario Las mujeres de mi casa, en el marco del Concurso Binacional Patagonia Chile-Argentina, y Patagonia Poética lo publica en 1998.
El arquetipo femenino, encarnado en una serie de mujeres, vuelve a ser el tema de este yo lírico, que observa y narra saltando de la primera persona intradiegética (es un personaje dentro de la historia) hasta una tercera persona, testigo equisciente (su relato es parcial y sus juicios personales) de estas mujeres.
“Mantener este tono de voz
No cuesta nada, decía.
Invisible o indecible
La violencia de mi lenguajе
Se esconde y nunca dice
Mi verdad. del cuerpo.”
La potencia del texto se torna violencia. Estos son poemas que no pueden ser recitados con dulzura o a media voz: exigen el tono altisonante, la acidez. Roland Barthes dice, en sus Fragmentos de un discurso amoroso: “Hay dos regímenes de desesperación: la desesperación lenta (…) y la desesperación violenta”. Entre esas dos tendencias fluctúan los textos de Liliana Campazzo (y acaso todos los textos que emanan de la fuente de la buena y verdadera poesía). La resignación lenta, agrega Barthes, es una resignación activa.
No por nada ha brotado a mis labios el nombre de Barthes. Unas páginas más adelante, la propia Campazzo lo cita en el epígrafe del apartado “Poemas de la mujer que mira”: “Nunca se logra hablar de lo que se ama”, sentencia.
“En la mayoría de sus poemas
escribir se transforma en una enfermedad
de esas que no se dicen nunca padecer.”
O como bien lo cifró Roberto Bolaño en el título de uno de sus relatos: “LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD”.
La tensión entre resignación lenta y resignación violenta se resuelve en la poesía de Liliana Campazzo, casi siempre, hacia el segundo de estos polos:
“Cuando escribe busca un solo
Silencio para nombrarlo
Grita silencio
Y silencio cae.”
*
En el ámbito privado, Campazzo trabajó, en la ciudad de Viedma en talleres de promoción de la lectura y escritura, por el cual recibió el Premio La Andariega de la Feria Internacional del Libro en 2001. En el bienio 2002-2003, dirigió los cursos de capacitación del Plan Jefas y Jefes de Familias en Bibliotecología y Promoción de la Lectura, en el marco de la Legislatura de la Provincia de Río Negro; y formó parte del equipo de trabajo del Plan Provincial de Lectura.
En 2003, Ediciones Simurg publica Quieta para la foto, una reorganización de los textos de Las mujeres de mi casa: la diferencia fundamental (además del orden) yace en que la parte final del libro anterior es “Poemas del acaso o por las dudas” y en esta versión ha transmutado en “Poemas de mirar a las que era”.
Daher Salomón dice en su “Prelectura”: “[La palabra] Es un ángel pequeño con los destellos de unos ojos que viajan permanentemente desde el rostro de una niña, al de una niña-mujer, pasando por todas esas "otras" que la vida le ha concedido en suerte,"...ella tan suave/tan acariciadora/ tan sumisa / tan doméstica", nos deja una mirada de la maravilla cotidiana que sobrevuela a las mujeres que han encontrado el abrazo esperado.”
Pero también la palabra es protesta y clausura (siempre en términos barthesianos), como se lee en estos versos de apertura:
“Entiéndase bien:
ninguna mujer
puede ser dueña de ningún mundo.
Ni siquiera del suyo.”
*
En 2006, aparece Yuyo seco, publicado por la editorial neuquina Limón, en su colección “Poesía en la Patagonia”.
Aquí, ahora, la puja realidad-arte, o mejor reformulada vida-palabra, se extrema hasta que estallan todas las contradicciones:
“Mi lenguaje nada dice.
En esta máquina las palabras
flotan en una pantalla de luz
no se graban sobre mármol
no perduran sobre la piedra
no tienen los ojos que nombro
la mirada de esa joven muerta
no sangra este poema un tiro de revólver
en esta máquina las palabras no gritan
un no se aguanta más esta puta vida.”
Lo que se juega en el papel es la función de la palabra, si es que tiene alguna: ¿reflejar? ¿registrar? ¿denunciar? ¿protestar? ¿eternizar?
“El poema no se pide.
No hay reclamo
ni piquete
ni humo
ni llama ni olor a goma quemada en una ruta
que nos den un poema.”
Más tarde o más temprano, entendemos con Liliana Campazzo, que parte del oficio de escribir es trascender esa contradicción, inherente a la palabra y por ello mismo a la poeta, a la intelectual: saber que la escritura no sublima nada, no compensa nada.
“Entonces tengo la certeza
de que las palabras
que digo
no dicen sólo
lo que dicen
si no que todo
en mi voz
grita piedra.”
En 2010 su obra Yuyo Seco fue traducida y publicada en Italia, participando de un ciclo de lecturas en Roma, Barcelona, Madrid y en la Casa Argentina de la Ciudad Universitaria de París.
Y llegamos por fin a Escritos en el vidrio, subtitulado como Los poemas del después, publicado por Llanto de mudo. Estamos en el 2009, último año de la primera década del nuevo milenio. Personalmente, siento un cambio sustancial en esta obra, y me guío por una señal intertextual, fuerte: Campazzo ha abandonado a Roland Barthes como fuente de referencias y epígrafes y otros nombres surgen, precisamente los de Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik.
Los temas predilectos persisten, sin embargo: las mujeres de la casa; la mujer que escribe y que sigue siendo, mutatis mutandis, la niña; los diversos espacios de la casa y sus significados-significantes.
Escritos en el vidrio alude exactamente a eso: la poeta escribe en los vidrios:
“La ventana de mi cocina regala espacios para escribir
sobre el vapor tiro un poema
prendo el fuego la pava la taza el café
desaparece del vidrio la huella
nada más efímero que ese verso.”
Nada más efímero que la palabra hablada, dirían los antiguos griegos. El senador romano Cayo Tito cristalizó este refrán: “Verba volant, scripta manent” (“Las palabras vuelan, lo escrito queda”). Campazzo descubre una instancia intermedia, casi invisible: esos textos fugaces, que habitan un interregno, que se pueden leer durante unos segundos, que luego se difuminan y desaparecen para siempre.
La casa misma se lee, puede leerse, es un texto que como todo texto no todos pueden leer o interpretar.
“Los vecinos no saben leer estas ventanas.”
Más aún: esa mujer, esa casa y esas palabras son parte de un mismo texto, son un mismo texto en construcción:
“Escribo una piel que me falta sobre el cuerpo.”
Arriesgo esta teoría: hasta Escritos en el vidrio, la obra de Liliana Campazzo puede leerse, se deja leer, como un solo, extenso y coherente poema.
*
En la década siguiente, Campazzo inicia lo que podemos denominar la “trilogía de Vela Al Viento”, ya que es en esa editorial de Comodoro Rivadavia, dirigida por Rubén Gómez, que Liliana publicará sus próximos tres libros: A boca de pájaro (2011), Poemas del aire. Un libro clase B (2017) y Material sensible a la luz (2020).
El propio Rubén Gómez dice en el prólogo: “La voz de Campazzo es insoslayable para las letras patagónicas. Su poética es original, fuerte, de exquisito cuidado con la palabra, sus significados y significantes”. Me detengo ante esta referencia de orden netamente lingüística, que he señalado unos párrafos más arriba: la coincidencia es notable y revela más de la autora que de los eventuales intérpretes.
En esta etapa poética, la casa ha desaparecido y surge como opción acaso insoslayable, el camino: la ruta, los viajes.
“Los viajes de ahora son eléctricos”
dice Campazzo, sembrando intertextualidad para el futuro de su propia obra.
Los pájaros son, como anuncia el título, el leit motiv escogido para sostener el discurso poético. Los pájaros y todos los tropos derivados: el vuelo, el aire, el viento, la libertad.
Párrafo aparte: en esta etapa, quien oficia de host poético, abriendo cada sección del libro, es el poeta Jorge Teillier; y se suman, se superponen, agregan nuevas capas de sentido al texto, las fotos de Natalia González y de la propia Campazzo.
Hay sexo en el camino, que acaso la casa esconde: “Hacer el amor en Paso Tromen…”; “mi cuerpo transpirando la hormona final/ el sexo allí esperando”; “los muslos abiertos/ ruta perfumada/ musgo/ tu mano allí”.
Como la casa, el camino también es un texto. La poeta busca leerlo, decirlo, re-crearlo.
“Cuando viajo aprendo la otra lengua.
La que no tiene diccionario.
La lengua
de la huella.
Lo sé porque vuelvo cargada
de rumores que no cesan
de balbuceos que me enredan
de metros y metros de hilos negros.
Sueño
voces destejidas.”
Ya en Poemas del aire. Un libro clase b, vuelve la casa, se vuelve a la casa. Es un poemario de la vuelta, a la manera de los nostoi griegos, aunque este es un nostos manso, al menos en la superficie. La casa, de vuelta, es otra: no entrarás dos veces en la misma casa, diría Heráclito de Éfeso.
“Llegada a la casa
un aire de ausencias
un silencio
la falta de un perfume a tabaco negro.”
El admirado y añorado Nito Fritz dice: “Para Liliana Campazzo, el ejercicio poético consiste en hilar una poesía que sólo puede realizarse de manera auténtica a partir de la desnudez: la desnudez propia de quien habla y la necesidad de, a partir de ese acto, desnudar a la palabra de su propia obviedad comunicativa.”
Si la casa, en los primeros poemas de Campazzo, estaba revestida de un carácter elegíaco, casi épico, ahora se nos presenta trágica. La historia ya ha sucedido, queda interpretarla, entenderla: patio, macetas, tazas y espejos vuelven a conjugarse en ese proceso hermenéutico.
“Vuelven las mismas palabras a su mesa
sin embargo
mientras escucha mira de reojo
su figura en el espejo
y nada dice
corta con los ojos
esa voz
repetida.”
2020, odiosos tiempos de pandemia. Campazzo publica Material sensible a la luz, con fotografías de Ale González. Carina Nosenzo señala que “la poesía de Liliana Campazzo es la experiencia de una búsqueda”. Esta actividad se nos presenta en este volumen en términos analépticos, hacia atrás en el tiempo: o más aún, un tiempo anacrónico, acaso perdido.
Las fotos viejas, en blanco y negro, marcan el tono de los poemas de esta “pequeña antología escrita en los vidrios de mi casa”. Por ello, conviven en este conjunto, los dos temas dilectos de la Campazzo: la casa y los viajes.
La antología suele ser un espacio ordenado y salvaje a la vez. Los textos arrancados de su lugar de origen y postulados en otro sistema tienen el aspecto de una bestia domesticada pero aún peligrosa. Por ello, su identidad rima con la de la fotografía, esa otra cosa arrancada del tiempo. El volumen se divide en “fotos viejas”, “videotapes”, “fotos movidas de un viaje”, “fotos veladas” y “fotos robadas”.
En La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, dice otra vez Barthes: “Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”.
Campazzo observa:
“Las palabras flotan en un manantial de luz
cada silencio es nombrado de manera diferente.”
Y después sentencia:
“No se puede nombrar el nombre del poema”
Arribamos finalmente al tramo final del viaje, los últimos tres libros de la Campazzo. En términos cronológicos, Fuera de juego (2019) es anterior a Material sensible (2020), pero en términos de análisis, conviene poéticamente ubicarlo junto a Los viajes de ahora (2021) y Hotel Triunfo (2024).
Fuera de juego consta de tres partes: UNO, la que pone la mesa; DOS, las González; y TRES, no se salva nadie. En esta parte de la obra campazziana, los escenarios son vagos, raros, enrarecidos: donde mengua lo físico, lo metafísico florece.
“Hay lugares
parecidos a sótanos
pero no existen
en el espacio físico del mundo
se encuentran o pasan desapercibidos
según el clima o ánimo de dios”
Y un poco más adelante, certifica la sensación inicial:
“Todo está enrarecido…”
Hay algo corrido de registro, inédito en la obra de Campazzo, original, inclasificable: fuera de juego, en off side. Hay sótanos, rincones, recovecos, donde emergen nuevos enunciados:
“Existe un tipo de voz
que nada dice
vacía
sólo ruido
adentro de la voz
la nada
o algo peor.”
En Los viajes de ahora hay un personaje (“la de la casa”), otro personaje distinto (“la de la casita”) y hay otra persona, la tercera, la que relata.
Entre estas tres entidades fluye el texto poético, que duda de su propia identidad y su finalidad:
“Sabe que lo que escribe
es menos importante
que los colores
de una foto
de las flores que crecen en su jardín”
Tanto así que “no sabe si escribir o sacar fotos…” (p. 58).
Las fotografías han sido postuladas en la obra de Campazzo como la alternativa válida de registro e interpretación, desde Escritos en el vidrio en adelante. Liliana Campazzo, además, es Artista Plástica: ha realizado muestras colectivas e individuales y su obra ha recibido menciones provinciales.
Los viajes de ahora son poemas de la pandemia: se habla de “el encierro sanitario”, o se observa que “la peste sigue”.
La poeta, en ese raro, enrarecido espacio, concluye:
“No pude o no supe leer
la borra del café…”
El volumen también incluye, íntegro, otro volumen anterior, A boca de pájaro. Otra vez, como en el caso de la antología Material sensible a la luz, ocurre ese fenómeno: la nueva exhibición de lo ya dicho para otras lecturas inéditas.
Finalmente, en Hotel Triunfo, conviven la casa y los viajes, como tópicos históricos. Estos elementos se conjugan simultáneamente,: auto y mesa de luz, en escenas contiguas y a veces en la misma:
“Manejo en la ruta
la cabeza va en el auto
y vuelve a la mesa de leer,
allí un libro queda
o reposa
piso el acelerador
nada más para responderle.”
Lucrecio es el Virgilio que nos acompaña en esta parte final del recorrido por la obra de Campazzo: las tres partes del libro son citas referidas directamente a la obra del poeta latino.
Una escena se roba las miradas y sobre ella está construida la obra. La poeta pernocta en un hotel infame en medio de la nada: el “Hotel Triunfo”. Las características espeluznantes del lugar le hacen decir:
“Volveré allí
seguro
entiendo que a morirme.
Con un único motivo:
joderlo.”
El libro, significativamente, está dedicado “A todos los caminos”.
En 2004, Liliana Campazzo escribe y publica el ensayo El poema se va sin saludarnos. Las voces de escritoras de la Patagonia (Asociación Culturas del Sur del Mundo, Chiloé).
Allí, la poeta declara: “En esta marginalidad doble de ser periferia y ser mujeres es que se instala este recuerdo, las llamadas de atención que me hicieron las poetas, el collage de fotos que presento y que no es reproche ni reto, tampoco súplica, es acotación al margen, sólo acotación al margen, ya que siempre el poema se va sin saludarnos.”
Yo arriesgo esta lectura: la poesía de Liliana Campazzo convierte la periferia en centro discursivo, la acotación al margen en título, la banquina en ruta. Nuestra autora registra, fotografía, captura el instante, borra los límites temporales para enseñarnos los frutos de su peculiar pesquisa.
La Campazzo anda y desanda el camino de la casa a la ruta, recorre varias veces los mismos trayectos, es la poeta del eterno retorno. Su extensa y poderosa obra parece repetirnos, en el umbral de su casa o al costado del camino, las palabras de Friedrich Nietzsche: “Todo se rompe, todo se recompone; eternamente la misma casa del ser se reconstruye a sí misma. Todo se despide, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí el anillo del ser.”
Fotos: Erica González (gentileza L.C.)