EXPLICACIÓN

Qué dijo la ciencia sobre las “imágenes diabólicas” captadas en la Patagonia

En el extremo del continente no sólo hay bellas ciudades, nieve, mar y montañas. Figuras y rostros en una captación de Google Earth despertaron todo tipo de interpretaciones.

En los últimos días, una serie de imágenes satelitales captadas por Google Earth despertó asombro y desconcierto en las redes sociales. Se trata de un punto remoto de la región de Magallanes, en el extremo sur de Chile, muy cerca del límite con la Argentina, donde sombras y relieves parecen dibujar rostros humanos, animales y figuras inquietantes. Para muchos, el hallazgo abrió la puerta a teorías tan fascinantes como inquietantes. Para la ciencia, en cambio, la explicación es tan antigua como el propio cerebro humano.

El lugar en cuestión —ubicado en las coordenadas 55°32′37.5″ S y 69°15′57.8″ W— corresponde a una zona agreste y deshabitada de la Patagonia austral chilena, próxima al paso Drake y al archipiélago de Cabo de Hornos. Un territorio hostil, barrido por el viento y el hielo, al que solo es posible acceder de manera virtual, a través de imágenes satelitales. Allí, la combinación de rocas, vegetación y sombras proyectadas por el relieve parece dar forma a expresiones talladas en la piedra, como si el paisaje devolviera la mirada.

Las imágenes no tardaron en viralizarse. Algunos usuarios aseguraron distinguir rostros diabólicos; otros, siluetas de animales o señales de vida extraterrestre. Pero detrás de esa sensación de misterio no hay fuerzas sobrenaturales ni mensajes ocultos: hay un fenómeno psicológico ampliamente estudiado, conocido como pareidolia.

Qué es la pareidolia

La pareidolia ocurre cuando nuestra mente reconoce formas familiares —especialmente caras— en patrones aleatorios de la naturaleza. Es el mismo mecanismo que nos hace ver figuras en las nubes, rostros en la corteza de un árbol o expresiones humanas en objetos cotidianos. Las redes sociales están llenas de estos ejemplos: una casa que parece sonreír, una mascota con el perfil de un líder político, una golosina con rasgos de una celebridad. No es casualidad, ni rareza: es biología.

Desde una perspectiva evolutiva, el cerebro humano está especialmente entrenado para detectar rostros. Así lo explica el psicólogo Rob Jenkins, de la Universidad de York, citado por la BBC de Londres. “Si hay un rostro cerca, hay una mente cerca. Y eso significa que hay alguien que potencialmente puede causarte mucho bien o mucho daño”, señala. Reconocer caras con rapidez fue, durante miles de años, una herramienta clave para la supervivencia.

Esa capacidad aparece desde los primeros minutos de vida. Estudios muestran que bebés de apenas nueve minutos ya manifiestan una preferencia por patrones que se asemejan a un rostro humano. Nuestro cerebro, literalmente, busca caras incluso cuando no existen.

El psicólogo Kang Lee, de la Universidad de Toronto, también consultado por la BBC, lo resume con claridad: “Estamos acostumbrados a ver rostros en cada rincón del mundo visual”. En sus investigaciones, demostró que personas expuestas a imágenes grises y aleatorias —similares a la estática de un televisor— afirmaban ver una figura humana en más de un tercio de los casos. Aunque no había nada allí, el cerebro completaba los vacíos y creaba la ilusión de una mirada que devolvía la nuestra.

“Es sorprendentemente fácil inducir este fenómeno”, concluye Lee. No se trata de señales divinas ni mensajes ocultos, sino del enorme poder de la imaginación sobre la percepción.

Así, las figuras que emergen en las imágenes de la Patagonia chilena no son un misterio sin explicación, sino una prueba más de cómo la mente humana proyecta sentido, emoción y humanidad incluso en los paisajes más solitarios del planeta. En ese rincón remoto del sur del mundo, lo que realmente se refleja no es un rostro en la piedra, sino nuestra necesidad profunda de reconocer algo familiar en lo desconocido.

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