2026-05-29

EDITORIAL

La idolatría también se gasta: Riquelme y el hartazgo xeneize

El recuerdo del ídolo ya no alcanza para blindar una presidencia marcada por derrotas, contradicciones y falta de respuestas.

La eliminación de Boca en fase de grupos ante Universidad Católica, en plena Bombonera, no fue una derrota más. Fue otro golpe simbólico en una gestión que parece haber perdido el control deportivo, político y emocional del club. Juan Román Riquelme, el ídolo que durante años fue intocable para buena parte del pueblo xeneize, empieza a atravesar un proceso mucho más profundo que una mala racha: la caída de su figura como conductor.

Durante años, Riquelme vivió protegido por una idolatría casi sagrada. Su historia como jugador, sus noches de Copa Libertadores, su elegancia para manejar los tiempos del partido y su vínculo con la Bombonera construyeron una imagen difícil de discutir. Pero el problema de los ídolos que llegan al poder es que dejan de ser solo memoria emotiva. Desde el sillón presidencial, Román ya no puede gambetear responsabilidades: debe explicar resultados, decisiones, contrataciones, entrenadores, fracasos y una estructura deportiva que no encuentra rumbo.

La derrota ante Universidad Católica terminó de sembrar otra mancha negra sobre una gestión que acumula frustraciones internacionales. Boca, un club acostumbrado a medir su grandeza en América, quedó reducido a mirar desde afuera los momentos decisivos. El hincha no solo reclama por una eliminación: reclama por la pérdida de jerarquía, por la ausencia de reacción y por la sensación de que el club se acostumbró peligrosamente a justificar lo injustificable. En ese contexto, muchos ya afirman que su idolatría por Riquelme bajó “varios puntos” y que solo resta esperar las elecciones de 2027 para cerrar un ciclo que se volvió cada vez más pesado.

Pero la crisis de Boca no se explica únicamente desde la pelota. También hay un malestar creciente con lo que pasa alrededor de la Bombonera. Muchos hinchas sienten que la cancha ya no es la misma, que se fue corriendo al socio común y que se prioriza cada vez más la venta de experiencias para turistas por encima del hincha de toda la vida. A eso se suma una sospecha que circula con fuerza en el mundo Boca: personas que aseguran haber pagado para acceder a la condición de socios por vías irregulares o “por izquierda”, en un club donde conseguir un lugar formal debería ser transparente, controlado y justo. El socio Walter Klix, fue quien hizo la denuncia por este tema.

¿Alcanza con inaugurar un bar en la Bombonera para tapar una crisis deportiva, institucional y emocional? Claro que no.

El Riquelme futbolista fue sinónimo de inteligencia, pausa y lectura superior del juego. El Riquelme dirigente, en cambio, aparece asociado a improvisación, desgaste interno y decisiones deportivas difíciles de defender. La sucesión de entrenadores, los mercados de pases discutibles y la falta de un proyecto reconocible alimentan una pregunta incómoda: ¿Román sabía tanto de fútbol como parecía o su talento extraordinario como jugador hizo creer que también podía administrar un gigante? El caso de Valentín Barco funciona como una postal perfecta de esa contradicción: el chico surgido de Boca, ninguneado en su momento por la conducción, hoy aparece proyectado al fútbol europeo de elite y citado por Lionel Scaloni para la Selección.

¿Qué siente el hincha de Boca al ver a Cavani en un palco, que jugó dos partidos en todo el año y es uno de los jugadores que más ganan en Argentina? A esta situación hay que agregarle un contexto: la dirigencia de Boca mandó a realizar una bandera, aquella polémica bandera y que sorprendió hasta los propios hinchas que decía "Edi, esta es tu casa". Claro, no podía faltar el halago de Riquelme hacia el uruguayo diciendo que "se va a quedar en el club hasta cuando quiera él".

También hay contradicciones políticas que empiezan a pesar. Riquelme había dejado trascender que Raúl Cascini no continuaría como dirigente, pero su presencia en el palco alimenta nuevas preguntas sobre cuánto cambió realmente la estructura de decisiones puertas adentro. A ese clima se suma otro punto sensible: el escándalo que involucró a Cristian “Chanchi” Riquelme y las sospechas vinculadas a la reventa de entradas. Más allá de las instancias formales o judiciales que correspondan, lo cierto es que el tema sigue sin una respuesta política convincente para una parte importante del hincha. En un club donde el acceso a la cancha es una herida abierta, cualquier denuncia, sospecha o vínculo familiar con el manejo de entradas golpea directamente sobre la credibilidad de la conducción.

Riquelme entró a la historia de Boca por hacer jugar al equipo como pocos, pero como presidente, hasta ahora, no logró que Boca vuelva a parecer Boca. En la cancha fue protagonista de la gloria; en la conducción, empieza a ser señalado como responsable de una decadencia que ya no se puede maquillar con recuerdos, bares nuevos ni discursos de pertenencia. Y en un club como Boca, donde la memoria pesa pero los resultados mandan, ni siquiera el ídolo más grande tiene crédito eterno.

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