PROTECCIÓN
El tesoro más cuidado: una por una las Áreas Naturales Protegidas que tiene Neuquén
La provincia del Neuquén protege uno de sus tesoros más valiosos: casi el 12 por ciento de su territorio —volcanes, glaciares, mallines, estepas y bosques que respiran distinto según la estación— está hoy resguardado bajo alguna figura de conservación. No es un dato menor. Es, en rigor, una declaración de principios escrita con montañas.
Un sistema con nombre y apellido legal
Las Áreas Naturales Protegidas (ANP) no son simples líneas trazadas sobre un mapa. Son, según la definición que reconoce internacionalmente la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), espacios destinados a proteger la biodiversidad, los paisajes, las fuentes de agua y los procesos ecológicos que sostienen, en última instancia, la vida misma.
En Neuquén, esa protección tiene marco institucional: el Sistema Provincial de Áreas Naturales Protegidas, creado por la Ley Provincial 2594, ordena y da sentido a un mosaico de reservas cuyo propósito va más allá de lo estético. Busca preservar ecosistemas representativos, proteger especies de flora y fauna, impulsar la investigación científica y la educación ambiental, y —quizás lo más difícil— promover actividades humanas que puedan convivir con todo eso sin destruirlo.
Guardianas del clima, custodias del agua
En tiempos de cambio climático, cuando cada cuenca hídrica se vuelve un recurso disputado y cada grado de temperatura altera equilibrios que tardaron siglos en construirse, las áreas protegidas dejan de ser un lujo paisajístico para convertirse en infraestructura vital. Son reservorios de biodiversidad, sí, pero también reguladores de clima, protectoras de suelos y garantes de los servicios ambientales de los que depende, sin que casi lo notemos, la calidad de vida cotidiana.
De Copahue a Los Bolillos: seis décadas de historia
Todo sistema tiene un origen, y el de Neuquén se remonta a 1962, cuando Copahue se convirtió en la primera Área Natural Protegida de jurisdicción provincial. Desde entonces, década tras década, la red fue creciendo como quien va sumando capítulos a una misma historia: Chañy, Batea Mahuida, El Tromen, Epu Lauquen, Domuyo, Cañada Molina, Auca Mahuida, El Mangrullo, Boca del Chimehuín, Cuchillo Cura y Los Bolillos se fueron incorporando hasta completar las 12 Áreas Naturales Protegidas provinciales que existen hoy, complementadas por 4 Parques Nacionales que comparten territorio y vocación de cuidado.
Juntas conforman una red que no protege un solo paisaje, sino la extraordinaria diversidad de paisajes que hace de Neuquén una provincia difícil de resumir en una sola postal.
Cuatro ecorregiones, un mismo compromiso
Pocas provincias argentinas pueden decir que en su territorio conviven Altos Andes, Bosque Andino Patagónico, Estepa Patagónica y Monte. Neuquén sí. Y sus áreas protegidas son, precisamente, la manera en que ese privilegio geográfico se traduce en responsabilidad: volcanes que humean en silencio, glaciares que retroceden lentamente, lagos y lagunas de un azul casi imposible, ríos que tallan cañadones, mallines que sostienen la vida en medio de la aridez, termas que emergen desde las entrañas de la tierra y cavernas que guardan secretos geológicos.
Ese mosaico de ambientes es, también, refugio. Allí sobreviven especies emblemáticas —y en muchos casos amenazadas— como el pehuén, el huemul, el pato de los torrentes y la ranita patagónica, junto a un catálogo de flora y fauna exclusiva de la Patagonia o de distribución tan restringida que no existe en ningún otro lugar del planeta.
Cuando la conservación tiene rostro humano
Sería incompleto —y hasta injusto— hablar de las Áreas Naturales Protegidas de Neuquén sin mencionar a quienes las habitan. Gran parte de estos espacios son también hogar de pobladores rurales, principalmente crianceros y comunidades mapuche, que sostienen prácticas tradicionales como la trashumancia: ese desplazamiento estacional del ganado que es, a la vez, técnica de subsistencia y patrimonio cultural vivo del norte neuquino.
La gestión de las ANP no ignora esta realidad; la integra. El desafío —y la apuesta— consiste en armonizar la conservación ambiental con el desarrollo de las comunidades locales, promoviendo actividades productivas compatibles con el cuidado del entorno y fortaleciendo un vínculo entre las personas y el territorio que, en Neuquén, tiene siglos de historia.
Aulas a cielo abierto y destino de viajeros
Más allá de su valor ecológico, estas áreas son también escenarios de ciencia y aprendizaje. Investigadores, docentes y estudiantes encuentran en ellas laboratorios naturales insustituibles. Y cada temporada, viajeros de distintos puntos del país y del mundo llegan atraídos por la promesa de paisajes únicos, fauna silvestre, senderos que invitan a caminar despacio y una riqueza natural y cultural que define, en buena medida, la identidad neuquina.
Conservar el futuro
Proteger estos espacios es, en el fondo, un acto de fe hacia el porvenir: asegurar servicios ambientales esenciales, resguardar la biodiversidad y preservar un legado que convierte a Neuquén en una provincia donde naturaleza, cultura y desarrollo sostenible no compiten entre sí, sino que dibujan, juntos, una misma visión de futuro.