INFORME
Rusia, China e Irán: cuando la inteligencia artificial se convierte en una herramienta de desinformación
La expansión de la inteligencia artificial (IA) abrió nuevas posibilidades para la creación de contenidos, la automatización de tareas y el procesamiento de información. Sin embargo, las mismas herramientas también plantean un desafío creciente: su utilización para producir y distribuir información falsa, imágenes manipuladas y contenidos sintéticos capaces de alcanzar a millones de personas en poco tiempo.
La IA permite generar textos, fotografías, audios y videos cada vez más difíciles de distinguir de materiales auténticos. Esta capacidad convirtió a la desinformación digital en una preocupación para gobiernos, organizaciones internacionales, medios de comunicación y plataformas tecnológicas. En ese escenario, Rusia, China e Irán han sido señalados en distintas investigaciones y reportes internacionales por operaciones de influencia o propaganda en el ecosistema digital, según un informe del portal ElArchivo.
Rusia y un ecosistema de desinformación
Rusia cuenta con antecedentes documentados de operaciones destinadas a intervenir en conversaciones políticas de otros países mediante redes sociales. Uno de los casos más conocidos estuvo relacionado con las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016, cuando investigaciones estadounidenses identificaron cuentas y organizaciones vinculadas a campañas de influencia procedentes de territorio ruso.
Con el desarrollo de la inteligencia artificial apareció un problema adicional: la posibilidad de contaminar el ecosistema de información utilizado por los propios modelos de IA. Investigaciones sobre la red de sitios denominada Pravda señalaron que páginas alineadas con el Kremlin publicaron y replicaron grandes cantidades de contenidos, algunos de ellos falsos o engañosos, que posteriormente podían aparecer incorporados en las respuestas de sistemas automatizados.
Uno de los casos analizados estuvo relacionado con una versión falsa sobre el primer ministro armenio Nikol Pashinyan y la mina de oro de Amulsar. La información circuló inicialmente en sitios prorrusos y posteriormente algunos chatbots reprodujeron la afirmación como verdadera. El episodio puso en evidencia un nuevo desafío: una falsedad suficientemente difundida en internet puede terminar formando parte de las fuentes consultadas por sistemas de inteligencia artificial.
China y las operaciones de influencia digital
China también ha quedado bajo observación por la utilización de redes automatizadas y campañas digitales vinculadas a cuestiones económicas, geopolíticas y comerciales. Estados Unidos y otros gobiernos han investigado durante los últimos años diferentes operaciones atribuidas a actores relacionados con intereses chinos, aunque el alcance y la efectividad de algunas de ellas continúa siendo objeto de discusión.
Las plataformas sociales también han identificado redes de cuentas automatizadas que difundían contenidos vinculados con debates estratégicos para Beijing. Entre los temas detectados aparecen la política energética estadounidense, el desarrollo de centros de datos para inteligencia artificial y la competencia tecnológica entre China y Estados Unidos.
Otro escenario especialmente sensible es Taiwán. Las autoridades taiwanesas han denunciado reiteradamente campañas digitales destinadas a influir en la opinión pública de la isla. Entre las narrativas identificadas aparecen mensajes favorables a la reunificación con China y contenidos destinados a sembrar dudas sobre el grado de respaldo que Estados Unidos ofrecería a Taiwán ante una eventual crisis.
Irán y la propaganda generada con inteligencia artificial
Irán es otro de los países señalado por investigaciones internacionales por desarrollar operaciones de influencia digital. El crecimiento de la IA generativa agregó una nueva dimensión a estas estrategias, particularmente durante los conflictos de Medio Oriente, donde fotografías y videos falsos pueden circular rápidamente y mezclarse con imágenes auténticas de ataques y destrucción.
Durante la guerra entre Israel y Hamas, por ejemplo, circularon imágenes generadas mediante inteligencia artificial que mostraban bebés entre escombros, ataques inexistentes y escenas de destrucción que no correspondían necesariamente con los acontecimientos que afirmaban representar. También se reutilizaron fotografías pertenecientes a otros conflictos, una práctica de desinformación que antecede a la aparición de la IA generativa.
El fenómeno volvió a observarse durante los enfrentamientos entre Irán e Israel, cuando se viralizaron videos creados o manipulados digitalmente que exageraban los resultados de determinados ataques. Algunas piezas mostraban supuestos bombardeos sobre Tel Aviv o afirmaban que habían sido destruidos aviones israelíes F-35, contenidos que alcanzaron millones de visualizaciones pese a que las escenas no correspondían con hechos verificados.
El desafío de distinguir información y propaganda
La utilización de inteligencia artificial para producir desinformación no está limitada a un único país, sistema político o conflicto. Actores estatales, organizaciones políticas, grupos privados e individuos pueden utilizar estas herramientas para fabricar contenidos a gran escala. La diferencia respecto de etapas anteriores está principalmente en la velocidad, el bajo costo y el nivel de realismo que permiten alcanzar las nuevas tecnologías.
En contextos donde existen fuertes restricciones sobre la libertad de expresión y la prensa independiente, la verificación externa de las afirmaciones oficiales puede resultar especialmente compleja. Rusia, China e Irán mantienen distintos grados de control estatal sobre sus respectivos ecosistemas informativos, una situación cuestionada regularmente por organizaciones internacionales dedicadas al seguimiento de la libertad de prensa.
El avance de los deepfakes, los contenidos sintéticos y los sistemas generativos plantea así un desafío que excede las fronteras nacionales. Frente a imágenes, audios o textos potencialmente manipulados, la identificación de la fuente original, la comparación con medios independientes y la consulta de verificadores especializados se vuelven herramientas cada vez más relevantes para evitar que una pieza falsa termine convertida en una supuesta verdad por efecto de su repetición.
Fuente: ElArchivo.