EL DIARIO DE VANESA

Violencia puertas adentro: cuando el trabajo de la mujer no se reconoce y el dinero se convierte en control

La licenciada en Psicoanálisis Silvina Buchsbaum analiza cómo se manifiestan estas situaciones y qué consecuencias pueden tener en la autonomía y la autoestima de las mujeres.

Hay trabajos que sostienen una familia, pero que pocas veces aparecen en las cuentas del hogar. Criar a los hijos, cocinar, limpiar, organizar las actividades cotidianas, acompañar emocionalmente y estar disponible para resolver las necesidades de los demás son tareas que requieren tiempo, esfuerzo y responsabilidad. Sin embargo, cuando no generan un ingreso económico directo, pueden terminar siendo consideradas una obligación natural antes que un aporte.

En ese escenario, una frase puede resumir una desigualdad mucho más profunda: "Vos no aportás nada".

Pero la desigualdad no afecta solamente a las mujeres que se dedican exclusivamente a las tareas del hogar. También puede alcanzar a quienes trabajan fuera de la casa, tienen ingresos propios y, al mismo tiempo, cargan con la mayor parte de las responsabilidades familiares. En ambos casos, el problema aparece cuando el aporte de una mujer deja de ser reconocido y las diferencias económicas se utilizan para establecer quién tiene más poder de decisión.

La licenciada en Psicoanálisis Silvina Buchsbaum reflexionó sobre estas situaciones en una entrevista para El Diario de Vanesa. A partir de una mirada sobre los vínculos de pareja, abordó la invisibilización del trabajo doméstico, las consecuencias emocionales de la desigualdad y las señales que permiten advertir cuándo el manejo del dinero comienza a convertirse en una forma de control.

El trabajo que sostiene una familia, pero no siempre se reconoce

Culturalmente, el concepto de aportar suele asociarse con llevar dinero a la casa. Aquello que se puede medir, contar o traducir en un sueldo adquiere una visibilidad que no siempre tienen las tareas domésticas y de cuidado.

Buchsbaum señala que esta diferencia contribuye a que una parte fundamental del trabajo familiar quede relegada.

«Terminamos valorando más aquello que se puede medir económicamente y dejamos en un segundo plano todo lo que no tiene un precio concreto», explica.

Cuidar a los hijos, organizar la casa y acompañar la vida cotidiana no son actividades que se resuelvan solas. Implican disponibilidad, esfuerzo físico y emocional y, muchas veces, la postergación de oportunidades laborales, proyectos personales o tiempo propio.

Sin embargo, dentro de la familia, esas responsabilidades pueden naturalizarse. Como se realizan por amor o como parte de los vínculos afectivos, dejan de ser percibidas como un trabajo que merece reconocimiento.

La especialista plantea una contradicción: cuando las mismas tareas son realizadas por una persona contratada, se acepta que deben ser remuneradas. Pero cuando las asume un integrante de la familia, muchas veces se las considera una obligación que no requiere valoración.

«Que algo se haga por amor no quiere decir que no tenga valor», sostiene Buchsbaum, que es Licenciada en psicología por la UBA, psicoanalista y sexóloga clínica y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)..

Reconocer ese aporte implica comprender que el sostenimiento de una familia no depende exclusivamente de quien lleva un sueldo a casa. También requiere del trabajo cotidiano que permite que los demás puedan desarrollar sus actividades.

Cuando el dinero establece quién tiene más poder

La desigualdad económica dentro de una pareja no depende únicamente de cuánto gana cada integrante. También está relacionada con quién administra los recursos, quién participa de las decisiones y qué lugar ocupa el trabajo de cada uno.

Que una persona tenga mayores ingresos no representa necesariamente un problema. Las parejas pueden organizar sus finanzas de distintas maneras, según sus posibilidades y acuerdos. La dificultad aparece cuando la diferencia económica se utiliza para establecer una relación de superioridad.

«El problema aparece cuando, por aportar económicamente, siente que adquiere más derechos sobre las decisiones, sobre lo que el otro puede hacer o incluso sobre cómo debe vivir», advierte Buchsbaum.

En esos casos, el dinero deja de funcionar solamente como un recurso para cubrir las necesidades familiares y comienza a utilizarse para determinar qué puede hacer cada persona, qué decisiones puede tomar y hasta qué punto puede disponer de su propio tiempo.

La situación puede ser especialmente compleja para una mujer que dedicó años al cuidado de sus hijos y del hogar sin generar ingresos propios. Si la relación termina, puede encontrarse sin autonomía económica y con la sensación de que no tiene derecho a reclamar aquello que contribuyó a construir.

A la falta de recursos se suma, en ocasiones, la ausencia de reconocimiento por parte de la persona con la que compartió la vida. El esfuerzo realizado durante años parece perder valor frente al patrimonio o los ingresos generados por el otro.

Esta experiencia puede producir frustración, bronca y una profunda sensación de injusticia. También puede afectar la manera en que una mujer se percibe a sí misma, especialmente cuando comienza a creer que no tiene herramientas para desenvolverse de manera independiente.

Por eso, la autonomía económica no se limita a contar con dinero propio. También implica tener capacidad de decisión, reconocer los propios recursos y disponer de posibilidades reales para elegir.

De la protección al control: cuándo el dinero se convierte en una herramienta de violencia

En algunas relaciones, el control económico no comienza con una prohibición explícita. Puede instalarse de manera gradual, bajo una apariencia de cuidado o protección.

«Quedate tranquila, yo me encargo», puede parecer una expresión de confianza dentro de la pareja. Sin embargo, la situación cambia cuando hacerse cargo de los gastos significa que una sola persona empieza a decidir sobre las necesidades y las elecciones de la otra.

Buchsbaum explica que el problema aparece cuando el supuesto cuidado comienza a restringir la libertad. La necesidad de conocer cada gasto, cuestionar las compras personales o decidir qué puede hacer el otro puede transformar la organización económica en una relación de poder.

Entre las señales de alerta se encuentran tener que pedir permiso para comprar algo personal, justificar permanentemente cada gasto, no conocer la situación económica familiar o no tener acceso al dinero y a las cuentas.

También merece atención escuchar reiteradamente frases como «la plata es mía porque yo la gano» o sentir miedo y culpa cada vez que hay que solicitar dinero para cubrir una necesidad.

Estas situaciones deben distinguirse de los acuerdos económicos que las parejas establecen de común acuerdo. Organizar los gastos, definir prioridades o conversar sobre el presupuesto familiar no constituye por sí mismo una forma de violencia. La diferencia está en si ambas personas participan libremente de las decisiones o si una de ellas impone condiciones mediante el dinero.

Cuando los recursos se utilizan para generar dependencia, limitar decisiones o restringir la autonomía, puede existir violencia económica.

El control no siempre se expresa a través de una prohibición directa. A veces se manifiesta mediante cuestionamientos reiterados, reproches o una vigilancia constante que lleva a la otra persona a pensar dos veces antes de realizar una compra, incluso si se trata de algo necesario.

«Vos no aportás nada»: el efecto de la desvalorización

Las palabras también pueden convertirse en una herramienta de desigualdad.

Para Buchsbaum, la frase «vos no aportás nada» es especialmente agresiva porque no solamente cuestiona el aporte económico, sino que puede borrar todo lo que la otra persona hizo para sostener la vida familiar.

Criar a los hijos, organizar la casa, acompañar y cuidar quedan reducidos a una supuesta ausencia de contribución. De esta manera, el dinero se convierte en el único parámetro para evaluar el esfuerzo de cada integrante de la pareja.

Cuando estos mensajes se repiten, sus consecuencias pueden ir más allá de una discusión puntual.

«Si una persona recibe durante años un mensaje de desvalorización, puede terminar identificándose con esa mirada y empezar a pensarse a sí misma como alguien que no aporta, que no puede o que depende completamente del otro», explica la especialista.

La desvalorización puede afectar la autoestima y reforzar la dependencia emocional. La mujer puede comenzar a dudar de sus capacidades, minimizar sus propios esfuerzos o sentir que no tiene derecho a reclamar una participación más equitativa en las decisiones familiares.

En ese proceso, la culpa también puede adquirir un lugar central. Algunas mujeres llegan a sentir que están gastando «el dinero de él», incluso después de haber dedicado años a sostener la casa y la crianza.

La desigualdad se profundiza cuando una persona siente que debe agradecer, pedir permiso o justificar permanentemente el uso de los recursos familiares, como si su participación en el proyecto común no le diera derecho a formar parte de las decisiones.

La desigualdad también existe cuando la mujer tiene ingresos propios

La violencia económica y la falta de reconocimiento del trabajo femenino no se limitan a los hogares en los que una mujer depende económicamente de su pareja.

También pueden presentarse cuando ambos trabajan, pero las responsabilidades domésticas y de cuidado recaen principalmente sobre ella. En esos casos, la mujer aporta dinero y, al mismo tiempo, sostiene una parte desproporcionada del trabajo cotidiano.

Esta doble carga puede limitar su tiempo libre, sus posibilidades de crecimiento profesional y la oportunidad de desarrollar proyectos personales. Aunque tenga ingresos propios, puede encontrarse en una situación desigual si sus necesidades y decisiones reciben menos consideración que las de su pareja.

Por eso, el reconocimiento no debería depender de cuánto dinero gana cada uno. Tampoco alcanza con que una mujer tenga un empleo si continúa asumiendo sola las tareas que hacen posible la vida familiar.

La pregunta central es cómo se distribuyen las responsabilidades, quién dispone de tiempo propio, quién puede tomar decisiones y si los aportes de ambos son reconocidos en condiciones de igualdad.

Como plantea Buchsbaum, la igualdad no significa que cada integrante deba aportar exactamente la misma cantidad de dinero, sino que ninguno quede en una posición de inferioridad por ganar menos o por no contar con un ingreso propio.

Recuperar la autonomía y construir vínculos más igualitarios

Revisar estas dinámicas requiere, en primer lugar, poder hablar del dinero y de las responsabilidades que muchas parejas dan por sentadas.

Buchsbaum propone conversar sobre qué aporta cada integrante, no solamente en términos económicos. También es necesario reconocer quién se ocupa de los hijos, quién organiza el hogar, cuánto tiempo libre tiene cada uno y qué capacidad de decisión posee.

Los acuerdos financieros saludables no se construyen a partir del miedo ni de la imposición. Requieren que ambas personas puedan expresar sus necesidades, conocer la situación económica familiar y participar de las decisiones que afectan su vida cotidiana.

Sin embargo, cuando existe control, sometimiento o temor a las reacciones de la pareja, el problema no se resuelve únicamente con una conversación. En esas circunstancias, es importante reconocer la situación y buscar acompañamiento y orientación adecuados.

La autonomía económica también tiene una dimensión emocional: significa poder reconocer las propias capacidades, recuperar espacios personales y comprender que el valor de una persona no depende de cuánto dinero genera.

En definitiva, la violencia puertas adentro puede adoptar formas que no siempre son fáciles de identificar. A veces, comienza con un trabajo que nadie reconoce, continúa con una desigualdad que se naturaliza y termina expresándose en el control de los recursos y de las decisiones.

El desafío es construir relaciones en las que el dinero no determine quién tiene más derechos, el cuidado no sea considerado una obligación sin valor y ninguna persona tenga que renunciar a su libertad para sostener un vínculo.

Porque una mujer aporta cuando trabaja fuera de su casa, pero también cuando cuida, cría, organiza y sostiene la vida familiar. Y ese aporte no pierde valor por no aparecer en un recibo de sueldo.

Como reflexiona Buchsbaum, una relación saludable no es aquella en la que no existen conflictos, sino aquella en la que las diferencias pueden ponerse en palabras y trabajarse sin que una persona tenga que quedar anulada para que la otra tenga lugar.

La entrevista completa

El valor invisible del trabajo doméstico

¿Por qué culturalmente se instaló la idea de que «aportar» equivale únicamente a ingresar dinero?

La palabra aportar está vinculada etimológicamente con el latín portare, que significa llevar o transportar. Es decir, aportar tiene que ver con llevar algo hacia un lugar.

Creo que eso también ayuda a entender por qué muchas veces asociamos el aporte con algo tangible: algo que llega, que se ve, que se puede contar o medir, como el dinero.

En cambio, hay otros aportes que no son tan visibles porque tienen que ver con acciones: cuidar, criar, organizar la casa, anticiparse a las necesidades de los hijos, acompañar emocionalmente o sostener la vida cotidiana.

Creo que ahí está parte del problema: terminamos valorando más aquello que se puede medir económicamente y dejamos en un segundo plano todo lo que no tiene un precio concreto.

Desde el psicoanálisis también podemos pensar que lo que no se nombra o no se reconoce simbólicamente muchas veces queda invisibilizado. Entonces, no es que ese trabajo no exista o no tenga valor, sino que culturalmente no siempre recibe el mismo reconocimiento que el dinero.

Y quizás la reflexión más importante sea esta: aportar no es solamente traer algo material a una casa. También es sostener, cuidar, organizar y hacer posible la vida del otro. Si reducimos el aporte al dinero, dejamos afuera justamente una parte enorme de lo que sostiene a una familia.

Si el trabajo doméstico y de cuidado fuera remunerado, representaría una parte enorme del presupuesto familiar. ¿Por qué muchas veces se lo percibe como un «costo cero»?

Creo que muchas veces se lo percibe como un «costo cero» porque es un trabajo que se hace dentro del hogar y no hay un pago concreto. Como no hay un sueldo, una factura o algo visible que marque ese intercambio, pareciera que no tiene un valor económico.

Además, culturalmente estamos muy acostumbrados a relacionar el cuidado con el amor, con la familia y con algo que se hace porque corresponde. Por eso, cuando una abuela dice que quiere cobrar por cuidar a sus nietos, a mucha gente eso le genera rechazo o hasta indignación. Pero justamente esa reacción muestra cuánto nos cuesta pensar el cuidado como un trabajo.

Cuidar implica tiempo, responsabilidad, energía, estar disponible y, muchas veces, dejar de hacer cosas propias para ocuparse del otro. Que se haga dentro de una familia o por amor no significa que no tenga valor.

También podemos pensar que muchas veces lo que se hace por amor queda naturalizado y no recibe reconocimiento, como si, por existir un vínculo afectivo, no hiciera falta valorar lo que esa persona está haciendo.

Y ahí aparece una contradicción bastante clara: si ese mismo cuidado lo hiciera una persona contratada, nadie discutiría que tiene que cobrar. Entonces, el problema no es que ese trabajo no tenga valor, sino que dentro de la familia muchas veces se vuelve invisible.

Que algo se haga por amor no quiere decir que no tenga valor.

¿Qué consecuencias emocionales y en la autonomía puede tener para una mujer haber dedicado sus años más productivos al cuidado familiar sin cotizar ni generar un patrimonio propio?

Puede generar una dependencia muy grande, no solamente económica, sino también emocional. Una mujer puede haber dedicado muchos años a criar a sus hijos, sostener la casa y acompañar el crecimiento de toda la familia y, sin embargo, llegar a una separación sintiendo que no le corresponde nada porque no fue ella quien produjo el ingreso económico.

A eso se suma algo muy importante: muchas veces, el esposo tampoco le da un lugar ni un reconocimiento a todo lo que ella hizo durante esos años. Si, además de no haber generado un patrimonio propio, siente que la persona con la que compartió su vida tampoco reconoce su esfuerzo, puede aparecer una sensación muy fuerte de injusticia.

Eso puede generar muchísima frustración y mucha bronca. Porque aparece la sensación de haber dedicado años de trabajo, tiempo y energía, pero de que todo eso no tiene el mismo valor que aquello que quedó traducido en dinero o patrimonio.

Cuando esa bronca no puede salir hacia afuera, cuando no se puede reclamar, cuestionar o poner en palabras, puede terminar volviéndose contra una misma. La mujer puede empezar a desvalorizarse, a sentir que no hizo nada, que no tiene herramientas o que no vale por sí misma.

Esa bronca puede melancolizarse y llevarla a un estado depresivo, con tristeza, vacío y dificultad para imaginar un proyecto propio.

Además, después de tantos años ocupando principalmente el lugar de madre, esposa o cuidadora, puede aparecer una pregunta muy fuerte: ¿quién soy yo por fuera de todo esto?

Por eso, la autonomía económica también tiene una dimensión emocional. No se trata solamente de tener dinero propio, sino de poder sentir que una tiene recursos, capacidad de decisión y la posibilidad real de elegir.

Lo más doloroso no es solamente sentir que no se tiene un patrimonio propio, sino llegar a creer que todos esos años dedicados al cuidado no tuvieron valor, especialmente cuando tampoco fueron reconocidos por la persona con la que se construyó esa familia.

El impacto emocional del reproche económico

La frase «vos no aportás nada» suele aparecer en discusiones cotidianas. ¿Qué es lo que verdaderamente se esconde detrás de este reproche?

«Vos no aportás nada» es una frase muy agresiva porque no solamente cuestiona lo económico: también puede funcionar como una manera de anular al otro dentro de la pareja.

Es una especie de tachadura de todo lo que sí hizo: criar a los hijos, sostener la casa, organizar la vida cotidiana, acompañar, cuidar y estar presente. Todo eso queda borrado por una sola frase, como si únicamente tuviera valor aquello que puede medirse en dinero.

Además, muchas veces, detrás de ese reproche hay una lucha de poder. Quien genera el ingreso puede colocarse en un lugar de superioridad y hacer sentir al otro que vale menos, que depende de él o que no tiene derecho a reclamar.

Desde una mirada psicoanalítica, también podemos pensar que las palabras del otro tienen un peso muy importante en la manera en que una persona se percibe a sí misma. Si alguien escucha de manera repetida que no aporta, que no sirve o que no tiene valor, ese discurso puede ir siendo incorporado. Es decir, algo que en un principio viene de afuera puede terminar formando parte de la propia voz interna.

Ahí está uno de los efectos más fuertes de este tipo de reproches: no solamente buscan desvalorizar en el momento de una discusión, sino que pueden terminar dañando la imagen que la persona tiene de sí misma.

Por eso, también es importante contar con herramientas para poder defender la propia postura y sostenerla con cierta solidez. Poder reconocer qué hizo, qué sostuvo y cuál fue su lugar dentro de la familia permite no quedar completamente sometida a la mirada del otro.

Porque una cosa es que el otro intente tachar lo que hicimos y otra muy distinta es permitir que esa tachadura también se produzca dentro de nosotros mismos.

¿Qué produce escuchar sistemáticamente que el propio esfuerzo no vale?

La mirada del otro puede tener un peso enorme en la construcción de nuestra autoestima.

Si una persona recibe durante años un mensaje de desvalorización, puede terminar identificándose con esa mirada y empezar a pensarse a sí misma como alguien que no aporta, que no puede o que depende completamente del otro.

Eso es lo más delicado: que una frase que inicialmente viene de afuera termine transformándose en una voz interna. Entonces, ya no hace falta que el otro diga «vos no podés»; la propia persona empieza a decírselo a sí misma.

Pero esto no ocurre de la misma manera en todas las personas. También tiene mucho que ver con la historia personal de cada uno, con cómo fue reconocido a lo largo de su vida, con su autoestima previa y con las experiencias que haya tenido en sus vínculos más importantes.

Hay personas que, frente a una desvalorización, pueden poner un límite y sostener con más firmeza quiénes son y lo que hicieron. Otras, en cambio, pueden quedar mucho más afectadas porque ese mensaje encuentra algo de su propia historia: inseguridades, sentimientos de no ser suficiente o una necesidad muy fuerte de aprobación.

Por eso, no se trata solamente de lo que el otro dice, sino también de qué lugar encuentra esa palabra dentro de nosotros.

¿Amor, protección o control financiero?

¿Cuándo «yo me encargo de los gastos» deja de ser protección y empieza a convertirse en control?

Cuando esa protección empieza a quitarle libertad al otro.

Que en una pareja uno gane más dinero no necesariamente genera un problema. El problema aparece cuando, por aportar económicamente, siente que adquiere más derechos sobre las decisiones, sobre lo que el otro puede hacer o incluso sobre cómo debe vivir.

Muchas veces, todo empieza con una idea que parece de cuidado: «Quedate tranquila, yo me encargo». Pero ese cuidado puede ir transformándose de a poco en control. Puede aparecer la necesidad de saber dónde está el otro, con quién se relaciona, cuánto gasta o qué decisiones toma. En algunos casos, también puede estar ligado a los celos, a la posesividad y a una forma enfermiza de entender el vínculo.

Si una persona tiene que pedir permiso para comprarse algo, justificar cada gasto o siente miedo frente a la reacción del otro, ya no estamos hablando simplemente de organización económica. Estamos hablando de una relación de poder.

También hay que pensar que estas dinámicas no se construyen de un solo lado. A veces, la otra persona, por sus propias inseguridades, por miedo, por dependencia o porque le cuesta salir al mundo externo y construir espacios propios, puede ir quedando cada vez más encerrada en ese lugar. Esto no significa responsabilizarla por el control que ejerce el otro, sino entender por qué a veces resulta tan difícil poner un límite o salir de esa posición.

El problema aparece cuando el supuesto cuidado empieza a achicar el mundo del otro: cuando pierde autonomía, vínculos, decisiones propias o la posibilidad de manejar recursos sin miedo.

Cuidar no debería significar decidir por el otro. Cuando para sentirse protegido uno tiene que entregar su libertad, ya no estamos hablando de protección, sino de control.

Desde esta perspectiva, la protección puede convertirse en una forma de control cuando empieza a restringir la libertad y la autonomía de la otra persona.

Estamos hablando de una relación de poder y, en algunos casos, de violencia económica. Muchas veces, esta violencia puede pasar inadvertida porque no siempre se presenta de una forma evidente. Puede instalarse de manera progresiva, bajo la idea de cuidado, protección o administración del dinero.

Por eso, es tan importante poder tomar conciencia de estas situaciones. Cuando el manejo del dinero se utiliza para limitar decisiones, generar dependencia o quitar autonomía, deja de ser una cuestión económica y pasa a afectar directamente la libertad del otro.

Señales de alerta en el control económico

¿Cuáles son algunas señales de alerta?

Algunas señales a tener en cuenta son que te estén preguntando constantemente en qué gastaste, que te controlen lo que comprás en el supermercado o que te cuestionen si te comprás ropa o algo para vos.

También es una señal cuando una siente que tiene la obligación de justificar permanentemente cada gasto, cuando no conoce realmente la situación económica familiar, no tiene acceso al dinero o a las cuentas, o recibe reproches cada vez que compra algo personal.

Frases como «la plata es mía porque yo la gano» también muestran una desigualdad importante dentro de la pareja, porque el dinero empieza a utilizarse para marcar quién tiene más derecho a decidir.

Otra señal muy importante es sentir miedo o culpa cada vez que hay que pedir dinero. Cuando una persona empieza a pensar demasiado antes de comprar algo básico por temor a la reacción del otro, ya hay algo de esa dinámica que merece ser revisado.

En una pareja saludable puede haber acuerdos, límites y diferentes maneras de organizar el dinero. Lo que no debería haber es sometimiento, miedo o la sensación de que uno tiene que rendir cuentas por todo.

La culpa y el control económico en la pareja

¿Cómo opera la culpa en estas situaciones?

El tema es que muchas veces el otro hace sentir culpable a la persona por la manera en que se maneja con el dinero. Puede haber un control muy fuerte y, en algunos casos, incluso una dinámica de control psicopático, en la que se cuestiona, se vigila o se hace sentir al otro que siempre está haciendo algo mal.

En este tipo de relaciones, que hoy muchas veces se llaman tóxicas, el sentimiento de culpa puede volverse preponderante. Muchas mujeres empiezan a sentir que están gastando «el dinero de él», aunque hayan sostenido durante años la casa, la crianza y una parte fundamental de la vida familiar.

En este tipo de parejas falta algo central: la construcción de un «nosotros». No hay una verdadera idea de proyecto en común, porque el dinero queda dividido entre quien lo produce y quien supuestamente lo recibe. Y cuando no hay un «nosotros», también se vuelve más difícil pensar los recursos como algo compartido.

No debería existir la idea de «mi plata» frente a una persona que también hizo posible ese desarrollo desde otro lugar. Si uno pudo trabajar, crecer profesionalmente o generar patrimonio mientras el otro sostuvo la casa y la familia, también hubo una construcción conjunta, aunque los aportes hayan sido diferentes.

Cuando alguien siente permanentemente que tiene que agradecer, pedir permiso o rendir examen para utilizar el dinero familiar, la relación deja de ser entre pares.

Herramientas para cambiar y salir del control económico

¿Cómo se pueden replantear los acuerdos financieros de una manera saludable?

Primero, hablando de algo que muchas parejas evitan porque suele ser un tema conflictivo: el dinero. El dinero también forma parte del vínculo, aunque muchas veces se intente dejar afuera de la relación.

Hay que poder sentarse y preguntarse qué aporta cada uno, no solamente en términos económicos. Quién trabaja afuera, quién se ocupa de los chicos, quién organiza la casa, cuánto tiempo libre tiene cada uno y qué capacidad de decisión posee.

La igualdad no significa necesariamente que ambos aporten exactamente la misma cantidad de dinero. Significa que ninguno quede colocado en una posición de inferioridad por ganar menos o por no tener un ingreso propio.

Generalmente, las parejas no hablan de esto de manera clara. Muchas veces, se da por supuesto quién paga, quién decide o qué le corresponde a cada uno. Y después aparecen sorpresas, reproches o resentimientos que pueden llegar a destruir un vínculo.

También hay que tener en cuenta que el tema del poder está presente en todas las parejas. El problema aparece cuando ese poder queda siempre del mismo lado y uno de los dos termina teniendo más capacidad de decisión que el otro simplemente porque aporta más dinero.

Lo más saludable sería que ese poder pueda circular, que las decisiones importantes se tomen entre los dos y que cada uno pueda sentirse reconocido por lo que aporta al proyecto común.

Una pareja saludable: reconocimiento, libertad y proyectos compartidos

En una pareja, nada de esto funciona por separado. El vínculo se construye con amor, deseo, dinero, trabajo, sexualidad, cuidado y poder. Todos estos aspectos se relacionan entre sí y van marcando el lugar que ocupa cada uno dentro de la relación.

El dinero, por ejemplo, nunca es solamente dinero. También puede representar autonomía, reconocimiento, seguridad, dependencia o poder. Lo mismo sucede con el trabajo: no se trata únicamente de cuánto gana cada uno, sino de qué lugar tiene ese trabajo dentro de la pareja y de cuánto se reconoce lo que el otro aporta.

La sexualidad tampoco queda aislada de la vida cotidiana. Es difícil pensar el deseo por fuera de cómo una persona se siente mirada, valorada, escuchada o respetada por su pareja. Cuando hay reproches permanentes, desigualdad, control o resentimiento, todo eso también puede aparecer en la intimidad.

El problema surge cuando estos lugares se vuelven demasiado rígidos: cuando uno queda siempre en el lugar del que decide y el otro, en el de quien debe pedir; cuando uno siente que, por ganar más, tiene más derechos, o cuando el trabajo y el cuidado del otro dejan de ser reconocidos.

Pero un vínculo no está condenado a funcionar siempre de la misma manera. Si la pareja puede hablar de estos conflictos, revisar sus acuerdos, reconocer lo que aporta cada uno y preguntarse cómo circulan el dinero, el poder, el trabajo, el deseo y la sexualidad entre los dos, hay posibilidad de cambio.

Una relación saludable no es una relación sin conflictos, sino una en la que esos conflictos pueden ponerse en palabras y trabajarse sin que uno tenga que quedar anulado para que el otro tenga lugar.

Cuando esto se logra, la pareja puede convertirse en un espacio de mayor libertad, reconocimiento y disfrute. Y quizás de eso se trate, finalmente: de construir un vínculo que no nos quite vida, sino que nos permita vivirla de una manera más agradable, más libre y más compartida.

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