EL DIARIO DE VANESA
El secreto dorado de la Patagonia: una playa, unas historias y un viaje al pasado
Entre arenas que brillan como pequeñas partículas de oro, el silencio del golfo San Matías y una historia que todavía despierta curiosidad, Playas Doradas guarda una mística particular. Conocida también como la Playa de los Suecos, fue escenario de una historia de libertad, costumbres europeas y leyendas que atraviesan generaciones. Un viaje de los que hago de traslado de mascotas me permitió descubrirla con los pies descalzos y la imaginación abierta.
Hay lugares a los que uno llega por casualidad y que, sin saberlo, terminan regalándole algo mucho más profundo que una postal. Lugares que no se visitan simplemente: se sienten. Playas Doradas, en la costa de Río Negro, fue uno de ellos.
Hace unos días, mientras regresaba de un viaje por mi labor en Pets Travel Vips, decidí detenerme en una estación de servicio de Sierra Grande para cargar combustible. Fue entonces cuando pregunté cómo llegar a Playas Doradas. Las respuestas coincidieron: tenía que conocerla. No se trataba solamente de un balneario más de la costa patagónica. Allí había una historia, una mística y hasta un mito popular que todavía despertaba curiosidad.
La recomendación fue suficiente. Subí nuevamente a mi vehículo y tomé la Ruta Provincial 5, dispuesta a descubrir qué tenía de especial aquel lugar del que todos hablaban.
El camino me llevó lentamente hacia la costa. Algunos baches obligaban a disminuir la marcha, como si el propio paisaje quisiera imponer otro ritmo, uno más pausado, lejos de las urgencias cotidianas. Finalmente, la ruta desembocó en una rotonda donde flameaba nuestra imponente bandera argentina.
Cada vez que encuentro nuestra bandera recorriendo el país, algo me sucede. Me emociona, me conmueve y, muchas veces, me roba alguna lágrima. Allí estaba también el cartel que anunciaba la llegada: Playas Doradas.
Era una invitación imposible de rechazar.
Porque hay lugares que merecen que uno se baje del vehículo, deje por un rato el teléfono y se permita explorar. Lugares que no alcanzan con fotografiar: hay que vivirlos.
Cuando la arena se convierte en oro
Tomé mi mochila, una botella de agua y comencé a caminar hacia la playa. Me levanté las botamangas de la bombacha de campo, até mis zapatillas a la mochila y seguí descalza.
Entonces ocurrió algo difícil de explicar.
El suelo parecía brillar. A cada paso, pequeñas partículas doradas aparecían bajo la luz del sol. No era oro, aunque por momentos lo pareciera. Era la particular composición de aquella arena, formada por fragmentos minerales, entre ellos cuarzo y sílice, que reflejaban la luminosidad del día y le daban a la playa ese aspecto tan singular.
Me detuve a observar. El paisaje tenía algo de mágico.
Casi no había personas. El silencio era fascinante y solamente se interrumpía con el sonido de las olas del golfo San Matías. Estaba allí, sola, disfrutando de una Patagonia que todavía conserva rincones donde la naturaleza parece no haber sido apurada por el paso del tiempo.
Sentí la arena bajo mis pies y, con ella, una conexión difícil de poner en palabras. Por un instante, volví a encontrarme con aquella niña que todavía vive dentro de mí: la que juega, salta, se moja los pies, observa cada detalle y se maravilla con las pequeñas cosas.
Caminé, me detuve, miré hacia el horizonte y descubrí algas de grandes dimensiones, caracoles y pequeñas formas de vida marina que habían quedado sobre la arena. Algunos parecían intactos, como pequeñas piezas de un mundo que sigue su propio ritmo.
Me sentí privilegiada.
No solamente por estar frente a un paisaje hermoso, sino por poder disfrutarlo en un estado de tanta tranquilidad. Allí, donde el mar y la tierra se encuentran, todavía es posible experimentar esa sensación de estar frente a algo auténtico, sin demasiadas intervenciones, sin ruidos y sin apuros.
Pero Playas Doradas tenía algo más para contarme.
La historia que convirtió a Playas Doradas en la Playa de los Suecos
Mientras disfrutaba de aquel escenario natural, mi cabeza comenzó a viajar hacia el pasado. ¿Cómo habría sido ese lugar en los años setenta? ¿Qué historias habrían quedado escondidas entre aquellas arenas?
Fue entonces cuando empecé a averiguar sobre su particular historia.
Playas Doradas también es conocida popularmente como la Playa de los Suecos. Su apodo está relacionado con la llegada de trabajadores europeos que se instalaron en Sierra Grande durante el gran desarrollo minero de comienzos de la década de 1970.
En aquellos años, la localidad vivió una transformación extraordinaria. El desarrollo de la explotación del hierro impulsó importantes inversiones y atrajo empresas extranjeras que llegaron para construir la infraestructura necesaria para la extracción, concentración, transporte y peletización del mineral.
En 1971, Sierra Grande fue declarada municipio y comenzó una etapa de crecimiento acelerado. La población, que hasta entonces rondaba los 500 habitantes, pasó a unos 10.000 y, posteriormente, llegó a alcanzar los 20.000.
La localidad se convirtió en un verdadero polo de desarrollo. Entre 1970 y 1975 arribaron trabajadores y técnicos de distintas nacionalidades, entre ellos japoneses, canadienses, suecos y alemanes.
La presencia europea también dejó su huella en las costumbres y en la vida social de aquellos años.
Los suecos, muchos de ellos acompañados por sus parejas y esposas, encontraron en la costa un espacio para disfrutar de una manera de vivir bastante diferente de la que predominaba entonces en la Argentina.
Eran tiempos en los que la sociedad todavía conservaba pautas de comportamiento mucho más conservadoras. La libertad para mostrar el cuerpo, las costumbres vinculadas al nudismo y determinadas formas de relacionarse generaban sorpresa y, en algunos casos, incomodidad.
Sin embargo, para aquellos visitantes, disfrutar de la playa sin demasiadas convenciones formaba parte de su manera de entender la vida.
Así, aquella costa se convirtió en un escenario natural para el nudismo de algunos de los europeos que llegaban desde el norte del continente. Una costumbre que, con el paso del tiempo, quedó incorporada a la memoria popular del lugar.
El mito de las llaves: una historia que todavía despierta curiosidad
Pero hay un capítulo de esta historia que parece haber sobrevivido con especial fuerza en las conversaciones de quienes conocen el pasado de Playas Doradas: el famoso juego de las llaves.
Según los relatos que circulan sobre aquella época, los encuentros sociales de los trabajadores suecos tenían características particulares. Solían organizar fiestas, reuniones, cenas y encuentros en los que compartían comida, bebidas y largas conversaciones.
Una de las historias más repetidas cuenta que, al ingresar a esas reuniones, los participantes dejaban las llaves de sus casas dentro de una bolsa. Más tarde, cada uno retiraba una llave al azar y debía dirigirse a la vivienda correspondiente.
El relato popular sostiene que aquel juego estaba asociado a encuentros de parejas y a una concepción de la libertad afectiva y sexual muy diferente de la que predominaba en buena parte de la sociedad argentina de entonces.
Con los años, la historia fue creciendo, sumando versiones y alimentando la curiosidad de quienes escuchan hablar de la llamada Playa de los Suecos.
¿Cuánto hubo de realidad y cuánto de mito? Como sucede con tantas historias transmitidas de generación en generación, no siempre resulta sencillo separar los recuerdos de las leyendas. Lo cierto es que esa mística forma parte del imaginario que rodea a Playas Doradas y le otorga una identidad particular.
El tiempo pasó, las generaciones cambiaron y aquel movimiento de trabajadores extranjeros quedó atrás. Sin embargo, el apodo y las historias todavía forman parte de las conversaciones sobre este rincón de la costa rionegrina.
Volver a ser niña frente al mar
Mientras reconstruía mentalmente aquellos años setenta, volví a mirar mis pies hundidos en la arena.
Pensé en todas las personas que habrían caminado por allí, en las parejas que llegaron desde tan lejos, en las familias que encontraron en Sierra Grande una oportunidad de trabajo y en las historias que quedaron suspendidas entre las olas y el viento.
Yo había llegado por una recomendación casual, casi como quien hace una parada más en el camino. Sin embargo, estaba viviendo una experiencia que iba mucho más allá de conocer un nuevo destino.
Playas Doradas me regaló un encuentro con la naturaleza, pero también con la memoria. Me permitió imaginar otras épocas, descubrir costumbres diferentes y comprender cómo un lugar puede conservar, en su paisaje y en sus relatos, fragmentos de la historia de quienes lo habitaron.
A veces creemos que para viajar necesitamos grandes planes, reservas anticipadas o itinerarios perfectamente organizados. Y, sin embargo, algunas de las experiencias más lindas aparecen cuando nos permitimos cambiar el rumbo, escuchar una recomendación y dejarnos sorprender.
Ese día caminé sobre el oro sutil de la Patagonia. Sentí el agua del golfo San Matías, observé los caracoles, escuché el sonido del mar y volví a ser, por un rato, aquella niña que encontraba un universo entero en cada puñado de arena.
Me fui con los pies llenos de arena y la cabeza llena de historias.
Porque Playas Doradas no es solamente una playa de arenas brillantes. Es también un pedacito de memoria patagónica, un paisaje que guarda historias de inmigrantes, trabajo, libertad y leyendas populares.
Y quizás esa sea su verdadera magia: saber que, debajo de cada destello dorado, hay algo más que minerales. Hay tiempo, hay recuerdos y hay historias que todavía esperan ser contadas.