martes 22 de septiembre de 2026

OBRAS COMPLETAS

Marcelo Gobbo: el artífice en busca de la totalidad

En el estricto sentido cronológico, el primer volumen de Marcelo Gobbo que vio la luz fue Contra la fatiga del arte.
01/06/2025

El corpus literario de Marcelo Gobbo presenta una complejidad y una profundidad a priori avasalladoras: va desde la lírica precisa de El repliegue hasta los microrrelatos de Mini y sus (parafraseando a Héctor Libertella) “juegos desviados de la literatura”; incluye los luminosos ensayos de Contra la fatiga del arte pero también aborda la brillante novela Bodega y los textos de no-ficción de Nombres propios. Alguien podría poner en duda la procedencia de esos textos de tan diversos géneros e índoles, sino fuera porque hay un autor fortísimo sosteniendo esas estructuras. Luego de catorce libros editados, hay un tono que es minuciosamente gobbo: podría postularse su topografía, sus matices y los postulados que subyacen a su obra.

En el estricto sentido cronológico, el primer volumen de Marcelo Gobbo que vio la luz fue Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas, que Ediciones De La Grieta (San Martín de los Andes) publicó en el 2012. Sin embargo, su carrera como autor, crítico y realizador audiovisual (de la cual no podríamos dar cuenta en este breve artículo) tenía ya larga data. En el 2008, obtuvo el segundo premio en el Primer Certamen Nacional de Cuentos, organizado por la Municipalidad de General San Martín (Buenos Aires) por el libro de relatos Barbarie y civilización, cuyo jurado estuvo integrado por Ángela Pradelli, Agustín Romano y Fernando Sorrentino. Ese libro, con leves variaciones, fue publicado también en el 2012, por El Camarote Ediciones, de Viedma. Además, varios de sus textos habían sido distinguidos en certámenes literarios (Premio “Manuel Mujica Láinez”, Concurso Nacional “Adolfo Bioy Casares”, Concurso Literario “Leopoldo Marechal”)  e integrado publicaciones impresas y digitales (el reseñario digital La Estantería, las revistas La Grieta y El Camarote).

Estos dos volúmenes (Contra la fatiga del arte; Barbarie y civilización) ya sientan las bases de una sólida voz narrativa y crítica. El universo literario de Marcelo Gobbo se despliega desde lo cotidiano visible hasta la definición infinitesimal. Atraviesa con destreza esas configuraciones, sendereando entre lo carveriano y lo pigliesco. Allí, en ese interregno, florece su tono personalísimo.  Contra la fatiga del arte… es, probablemente, el mejor libro de crítica escrito por estos pagos que he leído: desde “Ricardo Piglia: autobiografía de un estilo” (ensayo que figura en el volumen Ricardo Piglia: una poética abierta, editado por la Universidad de Pittsburg) hasta el asombroso “Duro de tragar”, ensayo donde postula una estética narrativa a partir del filme Duro de matar  (Die hard, John Mc Tiernan, 1988). La precisión en las tesis, el manejo de la referencia velada, el sentido del humor, todo eso conforma una aplanadora discursiva. De más está decir que urge una segunda edición de esta joya.

De Barbarie y civilización, Cristina Venturini ha escrito: “En estos catorce relatos hay ingredientes de variada calaña: manipulación, infidelidades, abusos, vicios, adicciones, incesto, asesinato, indiferencia, estafas, caprichos, codicia, violencia y otras pasiones, presentadas con naturalidad por un narrador omnisciente cuya lente minuciosa solo se detiene en lo relevante, que describe el escenario, las circunstancias y el pensamiento de los actores con la tensión necesaria para dejarnos sin aliento ante lo inesperado”. Poco que agregar hay a los dichos de la “Ventu”: sólo me permito enfatizar que, a excepción del monólogo “La última noche afuera”, el resto de los textos (escindidos en “Exteriores” e “Interiores”) está postulado desde una sobria tercera persona que presenta escenas violentas, grotescas y delirantes con diestra maestría, con una aparente asepsia de la que el lector atento sabrá desconfiar. Personajes en escena que tienden a escenarios, diálogos como torbellinos, finales con frases secas y aplastantes: Gobbo siendo Gobbo,  dando lecciones de un estilo propio, adusto y desfachatado a la vez.

Luego de estas dos publicaciones, Gobbo se abocó a editar una serie de volúmenes de poesía, cuatro en total, sólo interrumpidos por el pleonásmico libro de microficciones Mini (Vela al Viento Ediciones Patagónicas, 2015); El humo de la noche (ilustrado por Viviana Errecalde, Ediciones De La Grieta, 2013); Olvido la marcha que tiene música (con María Cristina Venturini, Rafael Urretabizkaya y Ailén Saavedra, Ediciones De La Grieta, 2014); COMOE. Seis poetas en Neuquén (con Cecilia Fresco, Aldo Luis Novelli, Federico Espinosa, Silvia Mellado y Diego Rodríguez Reis, Ediciones De La Grieta, 2015); y El repliegue (El Suri Porfiado Ediciones, 2015).

Como todo buen poeta, Gobbo se resiste a las traducciones, a los intentos vanos de sentenciar un sentido unívoco en sus poemas: sólo nos queda rastrear las diversas genealogías y determinar una teleología posible del texto; de dónde nace y hacia dónde se dirige el poema. Podemos, sí, jugar a creer que entendemos (¿se puede “entender” un poema?) de qué nos habla Gobbo, qué quiere declarar u ocultar. Si hay un tópico que recorre estos cuatro conjuntos de poemas, puedo arriesgar que es el tiempo. Pero no el tiempo conceptual, ese del cual San Agustín declaró que si nadie le preguntaba qué cosa era, lo sabía, y que si alguien le preguntaba qué era, no lo sabía. No, el tiempo transcurrido en nuestros cuerpos y psiques, el tiempo como sustancia de la cual estamos hechos, eso de lo que Borges famosamente escribió: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”.

Gobbo, más aristotélico, por aquello de que “las cosas suceden en lo particular” dice:

“Nos deshicimos, tal vez, solo porque

nada cabe nunca en esa siesta

que engaña pasos, tiempos,

ansias, humedades

o porque nos volvimos viejos

simplemente.”

Reza así:

“Concédenos, Señor,

el movimiento eterno…”

(…)

“Llévanos de la muerte al escenario”.

El poema funcionando acaso como mise en scène de los postulados éticos y estéticos del autor:

“ELECCIÓN

La austera mirada

recoge solo

lo imprescindible:

de la noche, la luna,

del lago, el rumor,

de la dicha, la calma.”

Gobbo aprovecha la publicación colectiva de Olvido la marcha… para presentar “Flor del olvido”, poemas que formaban parte de un proyecto que fue parcialmente publicado en la revista El Camarote, dirigida por Raúl Artola en el 2009. Idéntica operación poética llevará a cabo en COMOE…, donde publica doce poemas inéditos reunidos bajo el título de “El peregrino”. Huellas, señales para los lectores prevenidos: Gobbo está escribiendo constantemente, tejiendo y destejiendo proyectos, organizando textos en diversas tramas, aguardando o intuyendo el instante y la manifestación de cada obra suya.

Los temas se repiten: ¿o parecen repetirse?

“...en el cuerpo

la memoria

nunca se repite

nunca porque

dejamos de ser

ese cuerpo

hace mucho…”

El repliegue, extremo de esta serie, es claramente otra cosa, el discurso se altera, se desarma y se reconstruye. El poema se afina, se afila: la puntuación termina por desaparecer, los conectores menguan, el verso rara vez se anima más allá de las cinco palabras.

En este volumen brilla acaso mi poema favorito de Marcelo Gobbo:

“3.

Primogénito

de metalúrgico

y ama de casa

por error

a los

4 o 5 años

disfruté

por primera vez

de Mussorgsky

prueba irrefutable

de que es patraña

la antinomia culto/popular

todo es

fineza o geometría

todo

tierra y arado.”

El poeta y crítico mexicano Mijaíl Lamas ha escrito: “En este libro, la materia que nos habla es fragmentaria y deslumbrante. Un montaje donde se ensambla la memoria doméstica y amorosa con la historia de Argentina, creando un discurso que nace de la experiencia particular y cuenta de la colectividad. Lirismo e historia forman un entramado donde se nos revela una poesía exacta y vertiginosa, mediante la tensión y la economía del verso, que permite esta síntesis inusitada de su energía poética” (las cursivas son mías).

De Mini, textos que Eduardo Gotthelf ha descripto como “ficciones que transitan los bordes de una realidad cargada de terrores cotidianos”, rescato la industriosa habilidad de Gobbo para ejercer su oficio (tópicos, praxis, recursos) en un terreno infinitesimal, y sin embargo, salir airoso; más aún: exultante. Claro ejemplo de ello es el texto que cierra el volumen, “Epitafio para un microrrelatista”: el texto reduce hasta el extremo los postulados de la microficción y consta (SPOILER ALERT) solamente de un punto. Este microrrelato le ha dado la vuelta al mundo digital y ha desencadenado hermosos debates sobre protección de marcas, política, literatura y otras yerbas.

Gobbo clausura la década pasada con dos libros de narrativa: la novela Bodega (2018, Ápeiron Ediciones, Madrid) y la colección de cuentos De la misma madera (2019, Ediciones De La Grieta).

La escena de Bodega transcurre en el futuro, una versión del futuro, una versión indeseable: una distopía, una versión distópica de la humanidad. Está escrita con un estilo preciso, económico; pero no lo económico comprendido como lo pobre o lo escaso, sino en referencia a la productividad como una de las propiedades estructurales del lenguaje, esto es, la posibilidad de construir, a partir de un repertorio finito de elementos, un conjunto infinito de estructuras lingüísticas de longitud y complejidad variables, según el lingüista estadounidense Charles Hockett.

Una novela, un texto escrito, tiene la capacidad de apelar a las propiedades connotativas del lenguaje. Una película muestra, enseña, se desliza por la superficie de los objetos, su terreno es fatalmente (en un principio) el de lo denotativo. Bodega fue, originalmente, un guión. Las escenas están cantadas, podríamos decir. Vemos el escenario, vemos los actores, los pasajes de transición.

La estructura de Bodega se corresponde con el de las tragedias griegas: el hecho fundamental, catalizador de la acción, se encuentra (se busca y se encuentra) en el pasado. En la novela Bodega, asistimos al minucioso desenlace, a la escena ulterior, a los resabios de ese big bang invisible. Como el Neo de Matrix, los personajes (me cuesta mucho no decir actores) no tienen que decidir qué hacer, sino entender las decisiones que ya tomaron. Los bandos son puramente nominales: el enemigo es invisible, inaccesible.

Bodega está atravesada por la intertextualidad, casi podríamos decir que fue parida desde la intertextualidad misma, de su autoconciencia de ser una obra intertextual. Desde el sonoro título, que nos remite irremediablemente al pueblo donde transcurren los hechos de Los pájaros (1962) de Alfred Hitchcock hasta los epígrafes de las respectivas partes, las intertextualidades literarias y cinéfilas abundan, veladas o explícitas.

Bodega fue reeditada en 2022 por Ediciones De La Grieta y tuve el grato honor de escribir unas “leves instrucciones” como prólogo de la obra.

De la misma madera (Ediciones De La Grieta, 2019) es una astilla innegable de ese mismo palo, esa misma búsqueda genealógica y teleológica. ¿De qué búsqueda estamos hablando? Personalmente, creo que su búsqueda es la de los grandes artistas que admiramos: la creación laboriosa y duradera de un autor y una voz. Borges ha observado que el modesto periodista Walt Whitman inventó una extraña criatura, un desaforado personaje que aún no hemos terminado de comprender, y que le dio el nombre de Walt Whitman. Asimismo y salvando las distancias, también nosotros, ante la aparición de cada obra del prosaico hombre Marcelo Gobbo, asistimos a una puesta escena que tiene una feliz finalidad: la constante construcción, aniquilación y deconstrucción de un autor que tautológicamente se llama (también) Marcelo Gobbo.

Este Gobbo es sustancialmente distinto del Gobbo de carne y hueso, es deliberadamente plural. Si en Contra la fatiga del arte y ciertos pasajes de El repliegue o de Barbarie y civilización podemos jugar a escuchar esa voz y ponerle un cuerpo, en los relatos de De la misma madera el propio narrador propone ese juego. Quien habla en “Árboles y fotos” (el primer texto del libro) va mutando oración tras oración, página tras página, hasta erigirse en el arduo y minucioso relator de “Agustín Profiaco (una crónica)”. No por nada hemos nombrado a Borges: Gobbo logra en ese último texto (como en las más agudas obras borgeanas) que homologuemos esa voz con la del Marcelo Gobbo hombre, cotidiano. La mención/aparición de nombres de hombres y mujeres que existen en la vida real (artística, argentina y cordillerana) no hace sino enfatizar esa sensación. Nos encontramos entonces ante un triple ser, un cancerbero donde Gobbo es (al mismo tiempo) autor, narrador y personaje: Melómano Domingo y Agustín “Tristoscuro” Profiaco son máscaras, avatares de ese raro y hábil homme de lettres.

Esta década, cuya exacta mitad estamos trasuntando, ya cuenta con cinco nuevos libros de Marcelo Gobbo editados. Cierta vez, conversando en las redes, un amigo y colega en común, Luis Catenazzi, planeábamos un asado de alcance universal o al menos regional, y Catenazzi dictaminó “con gran salero” y precisión, que un asado era un fenómeno que sucedía entre la publicación de un libro de Gobbo y otro libro de Gobbo. Señales textuales de nuestra admiración por la obra de este artista.

Voces del Lácar reitera el sistema de Olvido la marcha… y COMOE…, sólo que en esta oportunidad resulta de la tramitación de un concurso: “Relámpago y trazo” una Mención en el certamen organizado por el Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes y cuyo jurado integraron Graciela Cros (OC6), Aixa Rava y Julián López.

Este último señaló en un comentario: “Relámpago y trazo es un libro conmovedor al que se entra de muchas puertas que lo anuncian y se despliega en cuatro estaciones que semejan la parábola de un año. Todas las temporadas en las que el yo lírico se pierde y se recobra, siembra y siega y a veces se pregunta por la cosecha perdida.”

Hay un regreso al lirismo en estos poemas de Gobbo, al menos en la materialidad textual, en la superficie icónica del texto. Los versos vuelven a expandirse, tanto así que nos les alcanza el renglón y debe trascender ese límite para desbocarse en la línea siguiente. Idéntico proceso les acontece a los poemas, una página es insuficiente: un poema precisa de tres o cuatro páginas para escandir su esencia, multiplicarse en series, ítems, en apartados. Tal vez (hablando en estrictos términos técnicos), “Relámpago y trazo” no sea sino un solo y extenso poema, hábil y hermosamente urdido.

“quizá baste decir ahora para presagiar la irrefutabilidad con

                                                                             [que el tiempo pasa

o que esa vanidad con que el ahora se esfuma tenga un correlato

                                                        [en el debe y haber de segunderos

donde yo no existo ni me asiento

salvo donde flota en su voz la penumbra”

La necesidad de los vivos (Halley Ediciones, 2022) es una constelación poética donde brilla ese yo lírico señalado por Julián López; y donde orbitan un puñado de nombres propios como intertextos en referencias, notas al pie de página y hasta en los mismísimos títulos.

Los nombres propios parecen ser el tópico de esos días de la obra de Gobbo: justamente Nombres propios es el nombre de su obra inmediatamente anterior (las he dispuesto en este orden a los fines didácticos de la exposición) y cuyo subtítulo declara: “Un mapa de historias de San Martín de los Andes”. El proyecto ganó una beca de creación del Fondo Nacional de las Artes, la publicación cuenta con fotografías de Camila Calderoni, diseño de Francisco Maffeis y fue editado por Ediciones Orcalumis. Como indica la contratapa: “Enriqueta Díaz, Carlota Thumann, Filomena Cayún, Michael Rinke, Janet Dickinson, Lidaura Chapitel, Elías Aquin, Isabel Sarli, Marcel Zenklusen y Natalia Ciccioli son algunos de los nombres propios que habitan estas páginas”.

Gobbo hace uso de su casi infinito repertorio de recursos narrativos para llevar al terreno de la no ficción historias de la ciudad en la que reside hace más de dos décadas, tanto así que en el “Posfacio” aclara: “Para evitar confusiones varias, a quien leyó este volumen debo recordarle que este es un libro de no-ficción. De todas formas, en estos tiempos de posverdad parece necesario hacer algunas aclaraciones para evitar malentendidos.”

Los últimos dos libros de esta serie abierta son cuentos: Restos culturales (2022) e Irrupciones (2024). Ambas publicaciones se originan en sendos premios, de gran fuste. Restos culturales obtuvo el Primer Premio en el Concurso Internacional de Cuentos “Juan Ruiz de Torres” y fue publicado por la Editorial Verbum en España. A Irrupciones le fue otorgado el Segundo Premio en el histórico concurso de cuento “Luis José de Tejada” del Municipio de Córdoba. Son distinciones que no sólo halagan a Marcelo Gobbo como autor, sino que además engalanan a nuestra región como zona literaria y cultural.

Los veinticinco cuentos de estos dos volúmenes nos presentan a un narrador oficioso, los textos están extremadamente trabajados: primeras y terceras personas se alternan con diálogos que en numerosas ocasiones aparentan no decir nada o decir tanto que no alcanzamos a comprender su sentido, a la manera de aquellos diálogos de Hemingway, Carver u Onetti.

Marcelo Gobbo demuestra en estos dos volúmenes que no es un escritor de género, sino de oficio: aborda el policial, la ciencia ficción, el suspenso, el humor, el thriller, con la misma solvencia y gracia. Tampoco es un narrador ordenado o económico, dos de las “virtudes” más celebradas en una línea narrativa actual: ha desarrollado un tono personal, que puede arriesgarse a extensas oraciones de diez o doce renglones, seguida de una adusta oración unimembre, seguida de un furioso y deslumbrante diálogo de dos intervenciones por interlocutor.

Recomiendo con fervor la lectura de los cuentos de ambos volúmenes. Mis favoritos: “Container” y “El pelícano”, de Restos culturales; y “Cajas de música” y “Mujeres con cosas en las manos” de Irrupciones.

Tengo la grata fortuna de conocer a Marcelo y de contarlo entre mis amistades. En los numerosos espacios que hemos compartido (charlas de café, comidas, presentaciones y trasnochadas) muchas veces me ha invadido esta sensación innegable: la de estar en presencia de alguien que lo ha leído todo, que lo ha visto todo, que lo ha registrado todo. Sensación de rápida refutación en el plano real, pero ya sabemos que las anécdotas no necesitan ser rigurosamente veraces sino apenas verosímiles, deben tener la capacidad de pintarnos a alguien de pies a cabeza, de un plumazo.

Como bien he señalado, la serie de las OBRAS COMPLETAS de quienes componen esta serie está abierta: ese fue y sigue siendo el espíritu de esta columna. Marcelo Gobbo encarna paradigmáticamente este espíritu: ya me ha anunciado que a fines de este año, verá la luz editorial su libro Las desposeídas, publicado por Caburé.

Al analizar la obra de Gobbo, siento que estamos en presencia de un autor a la manera de aquellos poetas orientales, que sentían íntima y públicamente que un artista debe ser profuso. Es posible nombrar la totalidad, la sustancia última, la esencia, pero para ello es preciso escribir una gran obra y dejar, acaso al descuido, velada, la cifra de esa totalidad. Marcelo Gobbo representa, insisto, acaso como nadie en estos pagos, al artífice en busca de esa totalidad.