jueves 15 de octubre de 2026

EL DIARIO DE VANESA

Un encuentro a solas con los gigantes cardones del norte argentino

Imponentes, llenos de leyendas y guardianes de un paisaje histórico en los Valles Calchaquíes.
Ubicado en los Valles Calchaquíes, camino a Amaicha del Valle, se encuentra el parador Cardón Abuelo. Un lugar mágico, con su presencia legendaria.
Ubicado en los Valles Calchaquíes, camino a Amaicha del Valle, se encuentra el parador Cardón Abuelo. Un lugar mágico, con su presencia legendaria.

Mi trabajo transportando mascotas por toda la Argentina me regala una fortuna que no todos pueden darse: conocer rincones increíbles, paisajes que cambian con cada kilómetro y que, sin aviso, te roban el aliento. Pero transitar el Norte Argentino tiene algo distinto, casi sagrado. Allí uno no solo viaja: es atravesado por la tierra, por sus colores, por sus silencios y por las historias que guardan sus montañas.

 

En la ruta 307, a la altura del kilómetro 105, en la localidad de El Sauzal, Amaicha del Valle, se encuentra el parador El Cardón Abuelo, en los Valles Calchaquíes. Es un lugar sencillo, pero profundamente conmovedor, visitado por miles de viajeros que se detienen impactados ante un cardón que no es un cardón más: es el Cardón Abuelo.

 

Dicen los pobladores que los cardones son hombres transformados por la Pachamama para custodiar la tierra. Y uno, al pararse frente a ellos, entiende por qué. Allí, firme y orgulloso, está el Cardón Abuelo: testigo de historias que el tiempo no ha logrado borrar, símbolo de fuerza, raíz y vida que parece infinita.

 

La leyenda cuenta que, durante la guerra de la Independencia, el general Manuel Belgrano ordenó vestir con ponchos y sombreros a los cardones para engañar al ejército realista, haciéndoles creer que se trataba de tropas argentinas vigilando el desierto. Fue en tiempos del Éxodo Jujeño, cuando el pueblo entero abandonó la ciudad—personas, animales, alimentos—dejando atrás solo tierra arrasada para obstaculizar el avance español. Aquel éxodo fue una caravana interminable hacia el sur, rumbo a Tucumán, y los cardones fueron parte silenciosa de aquella estrategia.

Se dice que cuanto más grande es un cardón, más años carga a cuestas. Que crece apenas un centímetro por año. Este Cardón Abuelo, cuentan, supera los tres siglos. Y cuando una se queda allí, contemplándolo, pareciera que además del silbido del viento se escucha otra voz: la de Atahualpa Yupanqui, recordando en canto eterno al cardón: (Vidala del cardón)

 

Vino del cerro trujiendo una flor

Virgen del Valle la truje pa'vos

Pa'que aliviés mi dolor

L'hai de poner en tu altar

La flor del cardón, la flor del cardón

 

Dende la cumbre del chango Real

Vengo pedirte a que curis mi mal

Mi coyita me ha dejau'

Tal vez pa' verme llorar

La flor del cardón, la flor del cardón

 

Mi chuspa, coca y mi yesquero

Tuito te traigo volveme ese amor

Virgen del Valle me voy

Ya ha comenzao' a nevar

La flor del cardón, la flor del cardón

Sus versos parecen mezclarse con el polvo del camino, con el cielo inmenso y con la sombra quieta de este gigante centenario.

 

Antes de volver a mi vehículo para seguir rumbo a Amaicha del Valle, dejé una piedrita en la gran pirca del parador. Un gesto simple, pero sentido. Un modo de dejar constancia de mi paso por ese lugar donde se alza el Cardón Abuelo: testigo, sabio y centenario guardián de nuestra historia.

 

¡Será hasta la próxima edición de El Diario de Vanesa!