jueves 15 de octubre de 2026

EL DIARIO DE VANESA

Qué memoria nos guardan las pircas en nuestras montañas

El camino a las alturas de nuestras elevaciones nos deslumbra con esos montículos de piedras que tienen mucho significado. Acompame en ese recorrido.
En el cerro Cristal de El Calafate, en el Moyano, en Merlo (San Luis), en las ruinas de Quilmes, en cada elevación de nuestro país, ahí están: con la voz de la memoria.
En el cerro Cristal de El Calafate, en el Moyano, en Merlo (San Luis), en las ruinas de Quilmes, en cada elevación de nuestro país, ahí están: con la voz de la memoria.

En las montañas de Argentina, las pircas no son solo piedras apiladas: son memoria. En mi recorrido por el país haciendo traslados de mascotas, las elevaciones son un imán que me deslumbra en cada viaje.

Durante mi visita a Merlo, en las sierras de los Comechingones, volví a hacerme una pregunta que siempre me acompaña cada vez que asciende el camino y el silencio se vuelve más profundo: ¿quién fue el primero en colocar una piedra sobre otra, y con qué intención?

Allí están, firmes y silenciosas, repitiéndose en cada sendero de altura. Las encuentro siempre que me pierdo en la montaña, como si supieran que voy a pasar. Me detengo frente a ellas y siento que no marcan solo un rumbo geográfico, sino un encuentro: el de quienes estuvieron antes, el de quienes vendrán después, el de quienes hoy dejamos una piedra más para decir aquí estuve.

Las pircas nacieron de la necesidad y del respeto. Fueron límite y abrigo, refugio contra el viento, contención para animales y cultivos, señal para el viajero cansado. Pero también fueron algo más profundo: un gesto de diálogo con la tierra. En las sierras de San Luis, como en tantas montañas del país, se integran al paisaje sin imponerlo, como si siempre hubieran estado allí.

Las apachetas —esas pircas sagradas— guardan un sentido ancestral que atraviesa culturas y tiempos. Son ofrendas a la Pachamama, saludos a los Apus, agradecimientos silenciosos por el camino recorrido y por el que aún falta andar. Cada piedra colocada es un acto de reciprocidad: tomo, pero también doy; paso, pero dejo huella; avanzo, pero agradezco.

 

En la altura, cuando el viento sopla fuerte y el horizonte se abre, las pircas se vuelven señales de calma. Nos dicen que no estamos solos, que alguien más pasó por allí y quiso cuidar el camino. Con una caña o un palo, resisten los vientos patagónicos y nos hablan desde lejos, como un faro humilde que guía sin palabras.

Esta imagen guarda el paso de miles de personas por las sierras de los Comechingones. Cuando la vi, corrí hacia ella. Me dejé abrazar por la inmensidad, por la ciudad extendida a mis pies, por el vuelo lento de los cóndores que parecían dar la bienvenida.

Allí entendí que las pircas no solo marcan senderos: custodian la memoria de la montaña y nos recuerdan que caminar también es un acto sagrado.

Sin lugar a dudas ¡seguiré buscando el camino correcto  donde han quedado huellas de muchos visitantes! Las apachetas... ¡una herencia ancestral!

Espero que les haya gustado esta edición especial de El Diario de Vanesa, los invito a recorrerlas y apreciarlas y ¡será hasta la próxima!