martes 13 de octubre de 2026

EDITORIAL

Parrilli convirtió al PJ en un cuarto cerrado con llave desde adentro

El peronismo de Neuquén llega a su elección interna bajo denuncias de proscripción y con una estructura cada vez más encapsulada.

La interna del PJ de Neuquén terminó exhibiendo el método que desde hace años se le reprocha a Oscar Parrilli: conservar el mando aunque el costo sea vaciar de competencia al partido. Lo que debía ser una instancia de discusión y legitimación política quedó reducido a una pelea de aparato, con impugnaciones, exclusiones y una sospecha cada vez más instalada de que el parrillismo no quiere urnas cuando existe el riesgo de perder control. No es una lectura aislada: el proceso llegó al tramo final con menos listas, más ruido judicial y una profunda desconfianza interna. 

 Ever Urrutia, de la lista N° 45 del partido explicó muy claro esta situación: funciona como una acusación política frontal y también como síntoma del clima interno. “Siguen proscribiendo compañeros, siguen teniéndole miedo a que las afiliadas y afiliados peronistas se expresen en las urnas”, escribió, antes de rematar con otra frase de alto voltaje: “Parrillismo Nunca Más en Neuquén”. El tono puede ser áspero, pero conecta con una percepción que creció en las últimas semanas: la de un partido donde la renovación no se discute en igualdad de condiciones, sino bajo la sombra de un poder que decide quién llega y quién no llega a la boleta.

Los hechos que rodearon la interna alimentan esa lectura crítica sobre Parrilli. La Lista 45 de César Godoy fue dada de baja por la Justicia Federal por no reunir los avales exigidos, mientras que la situación de José Asaad quedó atravesada por el fallo de la Cámara Nacional Electoral que respaldó expulsiones de afiliados que compitieron por fuera del PJ en 2023. Al mismo tiempo, el presidente de la Junta Electoral partidaria, Ernesto Lagos, sostuvo públicamente que hasta ahora seguían en carrera dos listas para la elección del domingo 15 de marzo. El resultado es demoledor: más que una interna competitiva, el PJ neuquino ofrece una escena de confusión, presión y sospechas donde el sector de Parrilli aparece siempre como el principal beneficiado. 

Ahí está el núcleo de la crítica política: Parrilli no fortaleció al peronismo neuquino, lo fue achicando. Durante años concentró decisiones, administró candidaturas y condicionó la vida interna de un partido que hoy luce débil, fragmentado y cada vez más lejos de representar una alternativa de poder en la provincia. Un conductor se mide por la capacidad de ampliar, contener y proyectar; cuando el saldo de una conducción son expulsiones, listas caídas y militantes denunciando proscripción, lo que queda no es autoridad, sino desgaste. Parrilli podrá retener resortes internos, pero cada vez le cuesta más defender la idea de que conduce un proyecto político y no apenas una estructura cerrada sobre sí misma. 

La gran derrota del parrillismo, incluso si se queda con el sello, es haber convertido al PJ de Neuquén en un partido que debate más sobre cómo sacar rivales de la cancha que sobre cómo volver a enamorar a su propia base. Esa es la verdadera dimensión del conflicto. Porque una fuerza política puede ganar una elección interna con aparato, con reglamentos o con fallos favorables, pero si pierde legitimidad frente a sus afiliados, lo que conserva es apenas una cáscara. Y hoy el peronismo neuquino se parece demasiado a eso: una estructura bajo control, pero cada vez más vacía de política.