2026-01-22

DE NEUQUEN A LA CUNA DE MOZART

De Neuquén a la Ópera de Graz: la historia de Agustina Calderón, la soprano que conquistó Europa

La soprano neuquina Agustina Calderón brilla en la Ópera de Graz, Austria: tras formarse en el Mozarteum, hoy vive de su pasión y conquista escenarios europeos.

La vida de Agustina Calderón fluye con el ímpetu de quien busca alcanzar la nota perfecta en una armoniosa melodía. Con la seguridad de quien domina la técnica tras años de formación y disciplina, la soprano neuquina despliega hoy la fuerza de su voz en el coro estable de la Ópera de Graz, una de las salas más exigentes del mundo. Su historia es una obra cuidadosamente compuesta, en la que cada decisión ha sido un movimiento audaz y de profundo sacrificio para encontrar su lugar en escenarios europeos y ser ovacionada por un público muy riguroso.

Foto: Werner Kmetitsch

El preludio: la búsqueda de profundidad técnica

Su formación fue un crescendo constante. Agustina supo desde muy joven que quería dedicar al canto. Es más, a ser cantante lírica. Y supo desde entonces que el género requería de rigurosa y disciplinada formación, algo que sostiene hasta la actualidad.

Al terminar la escuela secundaria, inició sus estudios de canto lírico en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA) de General Roca. Luego, se mudó a Córdoba para formarse como profesora de música, en un ambiente que combinaba perfectamente el estudio con la vida socialmente activa de joven universitaria. Un nuevo desafío la obligó a trasladarse a la soledad de un vertiginoso Buenos Aires: ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, la aspiración de todo cantante de ópera de Argentina. “Fueron dos años de estudio y preparación porque el nivel para ingresar es muy alto”, cuenta mientras relata que el día a día en Buenos Aires fue algo difícil.

En el devenir de los recuerdos, aparece Valentina Soria, su compañera de departamento, dos neuquinas formándose en la gran ciudad. “Yo estudiaba en mi habitación. Ella escribía canciones en el cuarto contiguo. Era un momento en el que soñábamos, creíamos, imaginábamos un futuro. Ella hoy es una artista reconocida - @soylavalenti - y yo también estoy haciendo lo que amo, ¡qué orgullo!”, reflexiona mientras repasa su historia.

En 2018, un viaje recreativo a Salzburgo con una amiga cambió su destino de manera mística. "Era la primera vez que cruzaba el charco y, si bien era un viaje muy turístico, la ruta de la ópera era destino obligado”, confiesa. El relato está lleno de matices de quien se deslumbra con la tierra que vio nacer a genios de la música clásica como Wolfgang Amadeus Mozart. “Caminar por la ciudad donde nació, visitar la casa en la que se crio, recorrer las calles que caminó, era como ir a Disney para mi", confiesa.

La historia asume un tinte especial en el momento en que entró a un bar donde un músico desplegaba su arte con una guitarra. Se trataba de un artista argentino con quien Agustina se atrevió a cantar de manera improvisada y de pronto se encontró interpretando arias de ópera. El auditorio espontáneo del bar la ovacionó y, como quien recibe el toque de una varita mágica, hubo quienes le insistieron para que se quede en la ciudad perfeccionando su técnica, nada menos que en el Mozarteum, una de las universidades de música clásica más prestigiosas del mundo.

En un acto de audacia puramente argentino, tocó la puerta de la prestigiosa Universidad Mozarteum sin cita previa, algo impensable en la estructurada cultura austríaca, y simplemente pidió en un incipiente alemán que alguien la escuchara cantar. Dos profesores atónitos por semejante acto de valentía, le dedicaron su tiempo a pesar de no tener prevista una audición en su agenda del día. "Acá nadie te toca el timbre para tomarte un mate, todo es con una cita y días de anticipación", reflexiona sobre el choque cultural inicial. Sin embargo, esa espontaneidad y la voluntad de esos docentes, sumado a su indiscutido talento, fueron la llave que le permitió ser invitada a rendir el examen de ingreso oficial.

Sin embargo, tenía una deuda pendiente en Buenos Aires. Y regresó a cumplir con ello. Se presentó en el Teatro Colón a rendir el riguroso camino para conseguir el ingreso. “Llegué hasta la instancia final. Tuve el honor de cantar en la sala principal del teatro junto con otros 9 aspirantes. Pero seleccionaron a 6 y yo quedé afuera. Fue devastador”, sentencia en un encuentro mediado por pantallas distantes. El tono del relato deja traslucir la dicotomía entre la joven abatida que camina frente a las calles porteñas, frente a la argentina que, con coraje y valentía, había mostrado su talento ante dos desconocidos austríacos. “Me costó un montón aceptarlo, pero hoy siento que ese gran “no” fue la oportunidad para que se abran otras puertas que no había imaginado jamás”.

La clave del sacrificio

En un abrir y cerrar de ojos, Agustina tomó la decisión de dar el salto definitivo hacia Europa. Vendió todas sus pertenencias y partió con una valija de 23 kilos donde sus vestidos de gala, que más tarde utilizaría en audiciones y conciertos, convivían con paquetes de yerba y algunas otras costumbres argentinas. Respiró profundo, abrazó fuerte a los suyos, y con ayuda familiar, se aventuró a comenzar un nuevo ciclo en el viejo continente. Sus primeros pasos en Austria estuvieron marcados por la incertidumbre y la ingenuidad de quien se lanza a un gran sueño con más valentía que reparos. Encontró lugar y trabajo en la casa otros extranjeros, los venezolanos dueños del bar donde ella había vivido ese instante de gloria. “A los pocos días rendí los exámenes e ingresé al Mozarteum”, recuerda con emoción sobre sus inicios en Salzburgo donde estudió rodeada de partituras originales del propio Mozart.

En ese primer tiempo en Europa, Agustina avanzaba impulsada por una frescura casi lúdica que la ayudo a combatir el miedo y aprovechar cada oportunidad. Sin embargo, pronto se topó con una realidad exigente que ubicó a la formación académica en un lugar preponderante. “Creía que ser cantante era una mezcla de don y un poco de estudio, pero descubrí que había gente mucho más preparada que yo en muchos sentidos", explica.

A partir de entonces, su vida comenzó a oscilar entre el estudio obstinado y su trabajo en el bar que le permitía solventar sus gastos. Mientras servía café y tragos, respiraba el aire místico de la ciudad de Mozart. Y otra vez, la varita mágica le tocó en suerte. Era un verano más en que la ciudad se convierte en el escenario del Festival de Salzburgo, con conciertos al aire libre con obras de Mozart, Beethoven, Wagner y otros músicos contemporáneos. “Durante un mes y medio te cruzas a todas las estrellas de este mundo por la calle”, cuenta emocionada y el calor vibrante de sus palabras hace olvidar el abrigo que viste en el invierno actual. “Un joven de la orquesta, cliente del bar, me invitó a todos los ensayos. De pronto, esa gente que solo veía en YouTube o en la tele, estaba ahí mismo, al alcance de mi mano. Otra vez, como estar en Disney". En ese contexto, entabló charlas con Plácido Domingo y su familia, con Anna Netrebko e inmortalizó esos extraordinarios encuentros en fotos como genuina cholula argentina. Pero, luego llegaba el invierno con sus días sombríos y con las dificultades de sostener un sueño lejos de los afectos, rodeada de un idioma y unas costumbres que implicaban constante adaptación.

Antes de brillar bajo los focos del imponente escenario de la Ópera de Graz, Agustina tuvo que interpretar distintos roles lejos de su pasión. Lavó platos, cuidó niños y trabajó en recepciones de hoteles. Fue esa resiliencia "bien argentina", esa capacidad de sostener la nota incluso cuando el aire falta, lo que le permitió completar su Maestría en Ópera y Teatro Musical en 2022 y comenzar a audicionar con la madurez de quien conoce el valor de cada nota.

La mística del escenario y el jump-in

Hoy, su vida en Graz, la segunda ciudad más grande de Austria, es un metrónomo de disciplina. Su rutina comienza a las 7 de la mañana con un mate o un café, según la época del año. Pasea a su perro, vocaliza acompañada de su piano, ejercicio físico y luego ensayos corales. Corta el día con un descanso para retomar luego sus labores con la función que corresponde cada día. “Mi trabajo de todos los días es ir al teatro y cantar en el coro estable de la Ópera de Graz, somos parte de distintas óperas.”, explica mientras enumera las óperas en las que participa actualmente: La Divina Comedia, con la presentación de un ballet; On the town, un musical de Leonard Berstein; Idomeneo, una ópera de Mozart; Rigoletto, de Giuseppe Verdi; mientras preparan el calendario de operetas típico de los teatros de habla alemana que incluye historias cotidianas más sencillas de interpretar. Al finalizar cada presentación, Agustina -y todo el elenco- reciben el aplauso del exigente público europeo ubicado en la mayoría de las 1200 localidades disponibles. Para ella, cantar en lugares donde Mozart estrenó sus propias obras no es solo un trabajo, es habitar la historia de la música clásica en tiempo presente.

Recientemente, vivió un momento de consagración personal a través de un reemplazo de urgencia, definido en el ambiente como jump-in. "Me llamaron a la mañana para cubrir a una colega en Rigoletto y cuando lo hice, advertí que mi voz y mi mente pueden reaccionar bajo presión", cuenta con orgullo sobre la confianza ganada en el escenario profesional. “Es un desafío que requiere de mucha concentración para moverse cómo corresponde, sin chocar a nadie, subir la escalera con estilo, evitar pisar el vestido, entrar a tiempo con la música, es un momento de mucha atención que disfruto al máximo”, explica con suficiente claridad como para imaginarla cautivando al público austríaco.

Hay algo que nos pasa a los músicos, esa sensación de que creemos que nunca estamos listos. Siempre admiré el trabajo de solistas y no imaginaba poder hacer algo así. Y sentir que fui capaz me conmueve”, concluye Agustina mientras mueve con delicadeza su taza de té para distraer el sentimiento que le produce el relato. Y sin dudarlo, confirma que está en su mejor momento artístico.   

Aunque desde hace tres años su rigor diario se despliega en el coro estable, su horizonte artístico busca conquistar nuevos espacios como solista. “Es ahí donde sentís esa vibración que te hace emocionar, que te arranca una lágrima”, describe sobre la intimidad del escenario. Aquella posibilidad de dotar de vida a la partitura con sello propio no solo reafirmó su vocación, sino que alimentó su avidez por nuevos desafíos: “Espero este año volver a brindar conciertos sola; con tanta actividad, antes no había encontrado el espacio.”

Foto: Werner Kmetitsch

El hogar como estado de gracia

A pesar de haber encontrado el amor en un joven escenógrafo y vestuarista austríaco, con quien hoy construye su propio hogar junto a su perro, la nostalgia es un ostinato persistente en su cotidianeidad. "Lo más difícil de vivir tan lejos, cuando uno es apegado a sus seres queridos, es el tema del hogar: preguntarse de dónde soy", confiesa. Esa añoranza por los atardeceres en el río Limay, por el día a día con los afectos, por la sencillez del barrio que la vio crecer y por el encuentro espontáneo con amigos que no entiende de agendas, encuentra un alivio en la costumbre cotidiana de escuchar radios argentinas y conectar con los nuevos lenguajes culturales: sigue a los streamers de Luzu TV, buscando en sus voces un cable a tierra que la reconecte con su identidad.

Sin embargo, entiende que su proyecto actual es allí, donde pudo fortalecer su pasión por el canto lírico y hace un tiempo encontró también el amor de pareja. “Estoy comprometida”, declara mientras luce un brillante anillo en su mano.

Ese puente entre sus dos mundos se materializa cada año con la visita de sus padres y con cada una de las personas que con esfuerzo la visitan. "Cuando ellos vienen, soy realmente feliz", afirma. Es una alegría que, sin embargo, convive con una presión singular. Curiosamente, la soprano que domina escenarios imponentes admite que la cercanía de los suyos altera su pulso: "Cuando viene gente que conozco me pongo más nerviosa. Por ejemplo, cuando vino la familia de mi novio estaba muy tensa; siento que tengo que estar perfecta para ellos, aunque no sepan nada de música". Es la paradoja del artista: el juicio más temido no es el del crítico riguroso, sino el de los ojos que la aman.

Un puente entre géneros: el valor del trabajo

Agustina mantiene una postura de respeto frente al panorama musical actual, lejos de los purismos que suelen rodear a la ópera. “No está bueno comparar; dentro de la música hay un montón de géneros y todo vale como manifestación de la cultura”, reflexiona. En ese mapa de sonidos modernos, destaca a figuras como Rosalía, a quien reconoce como una gran movedora de masas con una formación técnica de élite capaz de colocar la voz como en un acto lírico. Para la soprano, estos artistas son un puente necesario para que la ópera renueve sus audiencias y no quede estancada.

Sin embargo, esta apertura convive con una preocupación por la sostenibilidad del arte ante los recortes globales: “Acá también hay cada vez menos trabajo; todos estamos pasando por esto”. Frente a un público de 90 años que aún habita el gallinero de la ópera, Agustina se distancia de las visiones que romantizan el talento natural y reafirma que el arte es una construcción de alto rendimiento: Ningún talento sobrevive si no hay un trabajo inmenso detrás”.

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