2026-01-28

EL NEUQUINO QUE CONQUISTÓ EL MUNDO MUSICAL

De golpear ollas en Piedra del Águila a brillar en Miami: la historia del baterista patagónico que conquistó el mundo

El baterista que transformó el juego de su infancia en una carrera de excelencia internacional. Una vida de formación constante, vínculos genuinos y la maestría de sostener el esqueleto de la música.

La historia de Ignacio “Nacho” Colombini podría contarse como un caso de éxito: el niño patagónico que comenzó en una iglesia de Piedra del Águila y, tras formarse en las academias más prestigiosas del mundo, hoy pisa los escenarios de los festivales de música más resonantes de la actualidad. Sin embargo, ese relato sería un reduccionismo que obviaría el proceso profundo de un músico que venció miedos, atravesó fronteras y asumió el desafío de ser el arquitecto de su propia excelencia. Con la humildad de quien prioriza ser el soporte vital de una banda sobre el brillo individual, Nacho se consolidó como un sesionista de élite, capaz de disparar pistas electrónicas, hacer coros y descifrar el código que cada circunstancia le demanda. Detrás de las luces de Miami y la rigurosidad académica de Boston, su filosofía lo ubica como uno de los bateristas más versátiles de la escena actual.

Un concierto muy doméstico

Mucho antes de cualquier tecnicismo y de las salas de ensayo de alta tecnología en Boston, el escenario de Nacho fue la cocina de su hogar en Piedra del Águila. Mientras otros niños se perdían en mundos de autitos, él exploraba las texturas sonoras del metal y la madera: las cacerolas eran su primer kit de percusión y sus manos, movidas por un instinto que todavía no sabía nombrar, buscaban el eco perfecto. "En casa yo golpeaba ollas y otras cosas con cucharones porque me gustaba; me llamaban la atención los sonidos que se producían", recupera entre los recuerdos.

Asumía la tarea lúdica con la seriedad de un director de orquesta decidido a decorar el silencio patagónico con el pulso metálico de cada golpe. Esa curiosidad pronto se transformó en una necesidad: la de entender el esqueleto de las cosas. Para Nacho, la batería es la arquitectura invisible que sostiene cada canción, la estructura sobre la cual el resto de la música puede, finalmente, respirar. “La batería le da ritmo a la música, es el eje vertebral de toda armonía”, resalta como defensor acérrimo de su oficio.

Aquella infancia de estruendo doméstico encontró su norte definitivo en la iglesia del pueblo. Una batería acústica de un blanco brillante captó su atención cuando apenas tenía siete años y, con el asombro de quien descubre un lenguaje nuevo, sintió una conexión eterna con el sonido expansivo de los parches. Con la ayuda de su madre, se acercó al joven responsable de despertar su interés y le pidió sus primeros consejos. "Cuando veo una batería, siempre vuelve la conexión con ese primer momento", cuenta con emoción y menciona la duda que aún conserva sobre aquel primer gurú: “Creo que era autodidacta”.

En un sentido repaso de su vida, Nacho encuentra a la música como un elemento infaltable en sus espacios cotidianos. “Siempre estuve en contacto con la música y creo que eso me hizo desarrollar el sentido del tempo, de las armonías”, destaca con la naturalidad de quien define en ella su propio lenguaje. Su adolescencia, no menos ruidosa, transcurrió en la capital neuquina, donde ya se convirtió en un artesano de su oficio puertas afuera del hogar.

"Mata-rutinas", su primera banda 

Sin embargo, recuerda con orgullo los conciertos espontáneos que surgían cada almuerzo o cada cena, donde los cubiertos, platos y vasos se convertían en platillos que marcaban el pulso del encuentro familiar. “Volvíamos locos a mis padres”, dice con picardía mientras recuerda que con sus hermanos -también músicos consagrados en la actualidad- interrumpían la mesa improvisando melodías. En el mismo renglón destaca con alegría que las opíparas mesas con la familia extendida se llenaban de música, con familiares que cantaban y hacían sonar varios instrumentos.

Tocando con su hermano mayor

Encajar entre el pentagrama y la versatilidad del artista

El paso de la capital neuquina a la vorágine de Buenos Aires marcó el fin de la etapa exploratoria y el comienzo de la construcción profesional. Como todo artista que decide hacer de su pasión su sustento, emprendió el camino de la formación y comenzó a estudiar en la Escuela de Música Contemporánea (EMC). El talento natural debió amalgamarse con tecnicismos en una etapa en la que la ejecución estaba muy por encima de sus conocimientos de escribir o leer música. “Tuve que empezar de cero porque no sabía qué era una negra, una corchea, una figura, ni una subdivisión” explica sobre el desafío de nivelar teóricamente lo que ya sabía hacer prácticamente.

Egreso de la EMC

Para sostener el rigor de las clases y las horas de práctica, Nacho asumió la responsabilidad que significa estar lejos de la comodidad del hogar familiar y asumió los desafíos del mundo adulto. Si bien sus padres acompañaron la decisión y lo ayudaron a costear su nueva vida en la capital del país, trabajó en un delivery de pizzas, en un call center, en una casa de música, vendió seguros y otros empleos pasajeros que, lejos de ser distracciones, funcionaron como el combustible necesario para costear sus estudios. En lo paralelo, se anotaba en todas las invitaciones a participar de jam sessions -comúnmente conocidas como zapadas- que surgían entre músicos que improvisadamente deleitaban con su talento en bares y cafés porteños. Además de tener la oportunidad para hacer lo que más le gustaba, entendió que era la forma de conocer gente y hacer contactos vitales para la vida del músico.

En ese tiempo académico, Nacho indagaba a los profesores acerca de los avatares de vivir como músico y las posibilidades que había. “Uno me dijo: “vivir de la música es una porquería. Yo te diría que te dediques otra cosa”, cuenta con nostalgia mientras remata que la carrera artística de ese docente nunca prosperó. En la vereda de enfrente ubica a quien le dio el consejo antagónico y con la claridad de que estaba en los inicios de un camino de sacrificios y búsqueda constante: “Vos tenés que ser capaz de resolver muchas situaciones. Ya sabés tocar la batería, sabés grabar y cantar. Ok, podés dar clases, poner un estudio, afinar voces para cantantes o lo que sea. Entonces siempre vas a estar ocupado.” Allí comprendió que la estabilidad no sería su bandera, sino la capacidad de transformarse en un artesano integral del sonido.

En ese tránsito del estudiante al artista, terminó de forjar la humildad que hoy lo define: entendió que el músico de sesión es, ante todo, un servidor de la obra ajena. "No me interesa ser una figura pública, mis intereses no entran en conflicto con los del artista", sostiene con la convicción de quien sabe que su misión es construir el cimiento invisible para que la música sea la que brille.

De las zapadas al escenario mayor

La perseverancia en el circuito de las jam sessions porteñas pronto dio sus frutos. Aquella red de contactos que Nacho tejía entre baquetas y largas noches de acordes y compases se transformó en llamados para integrar las bandas de los artistas más frescos y disruptivos de la escena argentina. Su versatilidad lo llevó a custodiar el ritmo de figuras como Malena Villa, Toto Ferro, Connie Isla, y mucho más, con los que siente que creció a la par. Con ellos, Nacho no solo subió a los escenarios más emblemáticos, sino que desembarcó en los festivales más resonantes del país. “Nada pasó de la noche a la mañana, todo el camino es paso a paso”, recuerda Nacho de esos días en Buenos Aires donde a cada invitación respondía con un si rotundo, como una forma de abrirse camino y estrechar lazos.

Con Toto Ferro y la banda
Con Connie Isla y la banda
Con Male Villa

Sentado en un banco de la Isla 132 en sus días de descanso en Neuquén, Nacho afirma que haber pisado el césped del Lollapalooza Argentina, el Quilmes Rock y el Primavera Sound y decenas de otros festivales de rock y pop fue la consagración definitiva de quien trabaja despacio como el artesano de su propio sueño. Para Nacho, tocar frente a multitudes en esos festivales y subirse al ritmo de los tours de los artistas, consolidó su rol como el motor invisible de la banda, ese que asegura que el show sea una maquinaria perfecta. Fue precisamente ese rodaje de la exigente industria local lo que le dio el impulso y la confianza necesarios para mirar hacia el norte y aplicar a la meca de la formación musical.

Caption

El paraíso académico y el fantasma del idioma

Con la base técnica consolidada en Buenos Aires, Nacho apuntó a la meca para avanzar en su formación: el Berklee College of Music en Boston, Estados Unidos. Lograr el ingreso y la beca para avanzar en su formación fue validar una vez más el talento que ya se había transformado en excelencia internacional. Sin embargo, al llegar a la cima académica, se encontró con un obstáculo que no era rítmico ni musical, sino un viejo trauma escolar: el inglés.Para mí el idioma era una pared infranqueable”, confiesa al mismo ritmo que cuenta que durante su etapa escolar buscó zafar. Su relato se tiñe de anécdotas entre la niñez y la adolescencia, hasta que la clave estuvo en la EMC. En oportunidad de una visita de profesores de Berklee, el director oficiaba de traductor hasta que los alumnos empezaron a intercambiar sus consultas en inglés y allí asumió que no hacía falta seguir traduciendo. “Yo no entendía nada y fue re frustrante“, confiesa Nacho de lo que fue el puntapié necesario para comenzar a tomar clases con Duolingo, ver películas en inglés, y esforzarse con el idioma para darle lugar al sueño de Berklee.  Entre ese momento y el día de la entrevista que formaba parte del proceso de admisión en la academia estadounidense, pasó casi una década. “Ponía excusas en mi mente para posponer la audición y en el fondo sabía que gran parte era por el inglés”, cuenta Nacho y agrega que durante la audición, el miedo a no entender o no poder expresarse fue más fuerte que el pánico escénico de cualquier festival. Para sortear ese muro, recurrió a la misma astucia con la que improvisaba ritmos en la cocina: llenó el marco de su monitor con notas adhesivas que lo ayudaban a traducir sus ideas mientras sus manos demostraban por qué merecía un lugar en las salas de ensayo más prestigiosas del mundo.

Una vez adentro, Berklee fue el laboratorio definitivo. Allí vivió un proceso de nivelación absoluta, donde terminó de descifrar el código profesional que hoy le permite leer partituras o disparar pistas electrónicas con la precisión de un cirujano. “La universidad tiene cientos de salas de ensayos, cientos de prácticas, laboratorios específicos, cursos por cada tipo de palos, por ejemplo, con clases prácticamente personalizadas”, cuenta sobre las oportunidades que vivió en ese paraíso académico.

Con el foco puesto en mejorar cada día, su primera etapa en Estados Unidos se balanceaba entre los talentos que se respiraban en el aire y el tener muy lejos los afectos y el calor del hogar. “Cuando era chico pensaba que algún día un productor iba a escucharme en una banda acá y me iba a llevar. Y no es así, tuve que sacrificar muchas cosas para emprender este camino”, dice mientras surgen a borbotones las fotos familiares, los encuentros con amigos, las costumbres argentinas.

El baterista hace un paralelismo entre el pueblo neuquino en el que creció y las grandes ciudades a las que lo llevó la música. “Haber visto otras realidades, convivir con estadounidenses, hindúes, nigerianos, europeos, otros latinos, te abre mucho la cabeza”, descubre Nacho mientras repasa su vida, en la que no sobrepasa ni por un segundo sus orígenes ni el sueño intacto de la infancia de seguir aprendiendo y apostar a tocar con los artistas más renombrados.

En Boston, Nacho no solo aprendió a tocar mejor, tuvo los mejores docentes, convivió con músicos de los más diversos orígenes, aprendió a hablar el lenguaje universal de la industria y se convirtió en un ciudadano del mundo.  Además, aprendió el inglés a la perfección, un idioma que se cuela sin permiso en su perfecta pronunciación de palabras anglosajonas o en su intento de encontrar la palabra latina correcta.

“Gracias por la música”

Hoy, radicado en Miami, Nacho llevó su rol de "arquitecto del sonido" a una nueva dimensión donde la polifuncionalidad es su mayor virtud. Su profesionalismo lo ha llevado a trabajar codo a codo con la talentosa Isadora Figueroa, con quien comparte ensayos, tours y escenarios, priorizando ser el soporte absoluto del artista.

En un ecosistema de alta demanda donde reinvertarse y sumar capacidades es un activo invaluable, Nacho se destaca como músico, pero también en su sensibilidad para conectar con las personas y su inagotable capacidad de proponer la milla extra. Es baterista, sesionista, corista, ingeniero de producción, en síntesis, un artista capaz de interpretar cada necesidad, ya sea detrás de la batería física o en la gestión tecnológica de un show. “Es un camino muy inestable y nuestro día a día no puede depender solo del artista y debe seguir buscando otras opciones laborales”.

Con la misma pasión con la que mueve palillos en un festival masivo, Nacho supo adaptarse al exigente mundo de los eventos corporativos en Estados Unidos. Allí, donde la música debe ser el hilo conductor de experiencias, Nacho despliega todo su rigor musical y técnico, entendiendo que la adaptabilidad y el profesionalismo no son opcionales, sino la base de la tarea. Su rol como sesionista le plantea una dinámica de trabajo que lo desafió a ampliar su repertorio y tener la ductilidad necesaria tanto para interpretar cualquier género como para conocer a sus compañeros de banda minutos antes de comenzar a sonar.

Para él, el networking no es una transacción fría, sino una construcción de confianza. Entendió que en el nivel más alto de la industria, el talento se da por sentado, pero lo que realmente te mantiene en el escenario es la calidad de la persona que sostiene los palos. En esa red, los vínculos han sido el verdadero motor de su expansión que le permite moverse con naturalidad y luego de cualquier pretensión pasajera.

La conversación lo invita a contar su encuentro con Ricardo Darín, Juan Minujin, Mercedes Morán y otros artistas en el contexto del estreno de la película “El amor menos pensado” en la que actuaba su entonces compañera de banda Mariú Fernández. “Un maestro como Darin se acercó y nos agradeció por la música”, destaca entre estas experiencias de reconocimiento que lo signaron a fuego, tanto como el comentario de Bizarrap a un reel de su arte que compartió en redes. Con los pies en la tierra y llamando a cada cosa por su nombre, Nacho destaca también el apoyo de sus padres en este camino artístico, quienes hoy destacan con orgullo el valor de haberse animado.

El artista que cosecha elogios de aquí y de allá y que supo cruzarse entre bambalinas con músicos y bandas de renombre aún persigue sueños. El próximo escalón lo define la posibilidad de hacer un tour mundial con algún artista de renombre, “como Katy Perry, se anima a verbalizar aun cuando lo ve lejano. Se imagina también montando un estudio de producción y de grabación en alguna ciudad que lo aloje en ese momento. “Estoy acostumbrado a moverme, no me siento arraigado a ninguna ciudad”, dice entrelíneas y acto seguido asegura que estar en Neuquén “es volver a casa”.

“Más vida con ella”

Nacho guarda una convicción profunda: entiende su talento como un don que supo desarrollar con años de disciplina y sacrificio. Sentado en una improvisada mesa frente al río que lo vio nacer, la humildad y el talento confluyen en su disposición para responder todas y cada una de las preguntas. De una cadenita que decora su cuello cuelga una batería de plata que brilla con intensidad. Confiesa que ya es parte de su ser y que en estos días de vacaciones comienza a extrañar la magia de romper el silencio con palos, parches y platillos (aunque a veces debe cubrir con telas para evitar conflictos con los vecinos). “Creo que ya es parte de mi personalidad, ya llevo más vida tocando la batería que sin tocar”, concluye con la emoción vibrante de quien supo transformar la curiosidad en excelencia.

 

Te puede interesar