EL DIARIO DE VANESA

Antonio Boyadjian: la memoria de las raíces, la libertad de la música y el universo de Tanghetto

Uno de los más antiguos integrantes del grupo que ganó el reconocimiento internacional del Latin Grammy es el protagonista de esta edición especial, riquísima en conceptos, arte y emoción.

En esta sección de El Diario de Vanesa, muchas veces me he preguntado si las raíces nos atan a un lugar o nos dan la música necesaria para recorrer el mundo. Guiada por esa duda y escuchando al grupo Tanghetto me encontré con la amabilidad de uno de sus más antiguos integrantes, Antonio Boyadjian, y nos abrazamos en un diálogo riquísimo.

Antonio, pianista, productor musical e integrante de Tanghetto, reúne ambas dimensiones: la identidad argentina, la herencia armenia, la memoria de sus antepasados y una búsqueda artística que desafía los límites entre lo clásico, el tango y la electrónica.

Integrante de Tanghetto desde 2006, Antonio ha sido parte de la evolución de una banda que revolucionó la escena musical al fusionar la esencia del tango con sonidos contemporáneos y explorar nuevos lenguajes sin perder de vista sus raíces. Con más de dos décadas de trayectoria, giras por más de 200 ciudades del mundo y el reconocimiento internacional del Latin Grammy, el grupo se consolidó como uno de los referentes del electrotango argentino.

Pero detrás de los escenarios, los premios y los viajes hay una historia mucho más íntima. La de un músico que lleva en su memoria la herencia de cuatro abuelos armenios que llegaron a la Argentina escapando del genocidio; que encontró en el piano un instrumento capaz de convertirse en su propia orquesta y que entiende la creación artística como un territorio de libertad, experimentación y encuentro.

En esta conversación para El Diario de Vanesa, nos adentramos en el universo personal y musical de Antonio Boyadjian. Hablamos de identidad, inmigración, nostalgia, formación clásica, innovación y de ese diálogo permanente entre tradición y vanguardia que define el sonido de Tanghetto.

La entrevista con Antonio Boyadjian

Antonio, en tu historia personal se cruzan dos identidades muy intensas: tu orgullo argentino y tu herencia armenia, como nieto de sobrevivientes. ¿De qué manera dialogan la melancolía del tango de Buenos Aires con la resiliencia y los dolores de tus raíces familiares? ¿Sienten lo mismo el piano y el corazón al tocar?

El primer álbum de Tanghetto salió en 2003. Es un disco de estudio que se llama Emigrante. Su concepto está relacionado, en parte, con el contexto posterior a la crisis argentina de 2001, cuando se produjo un estallido social y económico que transformó profundamente al país.

El disco comienza con un tema llamado «Inmigrante» y termina con otro titulado «Emigrante». Es un álbum conceptual que, de alguna manera, narra ese recorrido: Argentina, históricamente receptora de inmigrantes, después de la crisis de 2001 se convirtió también en un país que expulsaba a su gente. Muchísimas personas se fueron a vivir a distintos lugares del mundo.

En cuanto a mi identidad, soy argentino y tengo ascendencia armenia. Mis cuatro abuelos eran de Armenia y llegaron a la Argentina escapando del genocidio y de la persecución turca. En nuestro país existe una comunidad armenia muy importante y, proporcionalmente, hay bastante conocimiento sobre la historia del genocidio y la diáspora.

Volviendo al concepto del disco, después de aquella crisis muchos argentinos emigraron y, particularmente en el mundo del tango, se produjo un fenómeno interesante. Principalmente impulsadas por bailarines, muchas parejas argentinas se instalaron en distintas ciudades de Europa, Estados Unidos y otros lugares del mundo. Allí comenzaron a formar pequeñas comunidades vinculadas al baile del tango.

El baile es muy atractivo para quienes no están familiarizados con la música. Muchas veces constituye la puerta de entrada a este universo. Así, a partir de esos argentinos que fueron haciendo base en distintas ciudades, comenzaron a formarse comunidades tangueras alrededor del mundo.

Esas comunidades, si me permitís la flexibilidad del término, podrían considerarse una especie de guetos. De ahí también viene el nombre Tanghetto: remite a la idea de esos pequeños guetos vinculados al tango que se fueron generando alrededor del mundo como consecuencia de la emigración posterior a la crisis de 2001.

En ese sentido, hay una relación entre la nostalgia del emigrado argentino y la que heredé de mis antepasados armenios, de su experiencia de diáspora. Por supuesto, no son situaciones comparables. La diáspora armenia tuvo otra dimensión: en un caso hablamos de una crisis económica y, en el otro, de una masacre. Son acontecimientos de escalas completamente diferentes.

Pero, si uno tuviera que establecer algún paralelismo, creo que iría por ahí. En ese punto se encuentran la nostalgia propia del tango y las vivencias de quienes tuvieron que dejar su tierra.

De hecho, con Tanghetto viajamos muchísimo por el mundo. Hemos tocado en más de 200 ciudades de Europa, Asia, Estados Unidos y América en general. De alguna manera, nuestro recorrido también está relacionado con esas comunidades tangueras que fueron creciendo, expandiendo el tango y llevándolo a distintos rincones del planeta.

Yo suelo buscar historias que sirvan de faro y de inspiración. En tus comienzos en el Conservatorio Nacional, formándote en la música clásica, ¿hubo algún momento de quiebre o una especie de alerta interna en el que supiste que tu camino iba a estar en romper los moldes tradicionales y fusionar el tango con la electrónica?

Tanghetto fue creado y es dirigido por Max Masri, quien también es el compositor y productor de la banda. Después de Max, soy el integrante que lleva más tiempo en el grupo. No soy miembro fundador: me incorporé un par de años después, en 2006. Este año cumplo veinte años en Tanghetto.

Grabé en la mayoría de los discos y participé en gran parte de los conciertos que realizamos alrededor del mundo.

Actualmente, la banda está integrada por Joaquín Benítez-Kitegroski, en bandoneón; Octavio Bianchi Godoy, en violín; Regina Manfredi, en violonchelo; y Daniel Corrado, en batería. Son músicos excelentes, de primer nivel, y cada uno tiene su propio bagaje musical.

Además, es un grupo muy federal. Daniel y Max son de la provincia de Buenos Aires, del conurbano; yo soy porteño; Regina tiene un pie aquí y otro en Santa Fe; Octavio es mendocino y Joaquín, misionero. Cada uno aporta su propia vertiente, su propia ensalada musical, y eso enriquece muchísimo al grupo.

En cuanto a mi formación, empecé a estudiar piano de chico, con distintos profesores y maestros. Después ingresé al conservatorio y cursé algunos años. También estudié guitarra clásica, toqué la guitarra eléctrica y tuve mi propio grupo de rock en el colegio.

Sin embargo, mi formación principal es clásica y académica. El Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires atravesó posteriormente distintas transformaciones institucionales hasta convertirse en la actual Universidad Nacional de las Artes (UNA), donde cursé la carrera de piano.

Tengo una formación de base clásica y me encanta esa música. Tuve el privilegio de estudiar y conocer a grandes maestros, muchos de los cuales ya no están. Le dediqué una buena parte de mi vida estudiantil a la música clásica, pero siempre fui muy ecléctico.

Me gustan prácticamente todos los estilos musicales, algunos más que otros, por supuesto, pero no tengo prejuicios. Dentro de cada género encuentro cosas que me gustan y otras que no. Soy de espectro muy amplio: puedo disfrutar de la música electrónica, de Bach y de todo lo que hay en el medio.

También tocaba tango antes de incorporarme a Tanghetto. Hacía tango más tradicional, en paralelo con la música clásica y otros estilos.

La propuesta de Tanghetto me resultó sumamente atractiva porque, además de interesarme la música clásica, yo había empezado a experimentar con la producción musical. Con el tiempo avancé mucho en ese terreno, porque, además de pianista, soy productor.

En aquella época estaba dando mis primeros pasos en la producción vinculada a la música electrónica y a sus distintos estilos. De repente, la propuesta de Max me vino como anillo al dedo: era justamente la posibilidad de mezclar un montón de cosas que me interesaban, pero que hasta entonces transitaban por caminos separados.

No era la misma cabeza la que utilizaba para sentarme a producir un tema de música electrónica que la que ponía en juego para estudiar una sonata de Beethoven. Con Tanghetto confluyeron varias de esas inquietudes y me sumé al proyecto principalmente por eso: me convocaba su espíritu disruptivo, de fusión y apertura.

Cuando surgió Tanghetto, esa propuesta no estaba demasiado bien vista dentro del ambiente tanguero. Por supuesto, es una generalización y había distintas opiniones, pero el llamado tango electrónico era considerado por algunos como un género menor, casi un subgénero. Después fue derivando hacia un tango más fusionado y ecléctico, que podríamos incluir dentro de un paraguas más amplio como el electrotango.

Es algo que sucede habitualmente con las propuestas disruptivas en el arte: al principio generan resistencia. Aparecen las frases «eso no es tango», «eso no es esto» o «eso no es lo otro», como si hubiera que defender un estilo de una posible contaminación externa.

Sin embargo, históricamente todos los géneros musicales se han nutrido de las fusiones, incluido el propio tango. Todos los estilos han evolucionado a partir de esos encuentros. En ese sentido, Tanghetto tiene justamente esa propuesta y, para mí, fue una oportunidad perfecta.

Tanghetto acaba de celebrar un hito inmenso: ganar el Latin Grammy por sus veinte años de trayectoria. Más allá del brillo del premio y de la emoción de tener el trofeo en las manos, cuando mirás hacia atrás y recordás las primeras giras o los momentos de incertidumbre, ¿a quién le dedicás internamente este reconocimiento?

A lo largo de sus más de veinte años de carrera, Tanghetto recibió seis nominaciones al Latin Grammy. En varias de ellas nos tocó competir con gigantes de la música, como Rubén Blades o Yo-Yo Ma, proyectos de enorme importancia a nivel global.

El solo hecho de estar nominados a un Latin Grammy ya representa un reconocimiento enorme. Pero, obviamente, haber ganado el año pasado en la categoría de Mejor Álbum de Tango, y además con un disco en vivo, tuvo una connotación muy especial para mí y para el grupo en general.

Fue, de alguna manera, un reconocimiento a toda nuestra trayectoria. El disco se llama En vivo 20 años y representa una síntesis de la historia de Tanghetto.

En mi caso, son veinte años literalmente; para otros integrantes, como Max, el recorrido es incluso más extenso. Por eso, recibir este reconocimiento nos produjo muchísima felicidad y alegría. De alguna manera, también lo sentimos como una reivindicación.

El disco premiado fue grabado en vivo. Para un músico, el escenario es un espacio de vulnerabilidad absoluta, donde no se pueden ocultar las emociones. ¿Qué fibra humana se mueve en vos al sentir la energía directa del público después de dos décadas de camino?

El hecho de que sea un disco en vivo tiene un valor especial. Y lo digo con una salvedad: soy productor musical y, si hay algo que disfruto, es estar en el estudio. Particularmente, me gustan mucho los discos de estudio.

Sin embargo, en este caso se trata de una síntesis de lo que es Tanghetto en directo. Fue un concierto en el CCK, actualmente Palacio Libertad, una sala espectacular, hermosa, con un piano increíble y con condiciones técnicas de primer nivel. Fue un espectáculo muy lindo.

 

Que esa experiencia se haya plasmado en un disco en vivo le aporta una frescura particular. En el estudio uno tiene la posibilidad de regrabar, editar, agregar capas de sonido y trabajar con distintas herramientas de producción que tienen un enorme valor artístico. Pero todo eso no necesariamente conserva la frescura de estar tocando en vivo, sin red, donde sucede lo que sucede.

Cuando escucho el disco, me reconozco tocando y conozco muy bien la música que interpreto. Entonces aparecen distintas sensaciones: a veces pienso «esto no me gustó tanto», y otras veces digo «¡qué bien salió aquello!». Hay momentos en los que todo fluye, en los que el diálogo con el bandoneón o con los demás instrumentos resulta especialmente lindo.

Tiene ese encanto, esa frescura y también una potencia particular, porque Tanghetto es un grupo que tiene muchísima fuerza cuando toca en vivo.

Me parece que el disco muestra muy bien esa faceta de la banda: la potencia, la frescura y la fusión. También incluye versiones de composiciones de Piazzolla, por lo que resulta bastante ecléctico. En ese sentido, me parece interesante y representativo que justamente ese haya sido el disco premiado.

Desde ese lugar que compartimos —ya que soy guitarrista desde pequeña y empecé con la guitarra criolla para luego disfrutar del hermoso sonido de mi Fender Stratocaster americana—, te pregunto: ¿cómo dialogan en tu cabeza tu parte más clásica y tu parte más electrónica al momento de tocar? ¿Sentís que el piano acústico cuida las raíces de nuestra historia y que los sintetizadores nos permiten volar hacia adelante, tal como me sucede a mí con la criolla y la eléctrica?

Hay varias razones por las que conecto con el piano y por las que me atrae tanto ese instrumento.

El piano tiene una característica muy particular: es un instrumento polifónico, quizás uno de los más polifónicos que existen. Por su formato, permite realizar la reducción de una orquesta entera en un solo instrumento. Tiene la capacidad de hacer muchas cosas al mismo tiempo.

Por eso, suele cumplir un rol de dirección dentro de una formación musical, aunque no necesariamente. Muchas veces el piano reproduce parte de lo que están haciendo los demás instrumentos, los complementa o va cambiando de función.

Quizás no tiene la misma capacidad expresiva que un instrumento de cuerda como el violín o el violonchelo, que pueden producir un vibrato, un crescendo y esa cualidad más lírica de una melodía interpretada con gran expresividad. En ese sentido, esos instrumentos tienen posibilidades expresivas que el piano no posee.

Pero el piano tiene una cualidad abarcadora que me resulta muy atractiva. Puede ser autosuficiente y cumplir muchas funciones de manera simultánea.

También tiene cierta artificialidad. En otros instrumentos, como los de cuerda o los de viento, existe algo muy corporal: uno está en contacto directo con la fuente del sonido. En el caso de la voz humana, eso es todavía más evidente: el instrumento es uno mismo. La voz sale del cuerpo; el aire pasa a través de un instrumento; en los instrumentos de cuerda frotada, el músico está en contacto directo con la cuerda.

En el piano, en cambio, hay una máquina entre el músico y las cuerdas. Existe un mecanismo que, de alguna manera, limita ciertos aspectos expresivos.

Una vez que generaste un sonido en el piano, una vez que tocaste la nota, no podés hacer demasiado con ella: es un instrumento percusivo. Podés apagarla o dejar que siga sonando, pero no podés hacer que esa misma nota crezca en volumen, cambie de afinación o produzca un vibrato. No tenés esas posibilidades.

Sin embargo, esa artificialidad, esa distancia entre el músico y la fuente del sonido, también abre posibilidades ilimitadas en otro sentido. Justamente, esa característica diferente respecto de otros instrumentos permite hacer muchas cosas a la vez.

Ahí está la magia: de alguna manera, uno se convierte en su propio director de orquesta.

Esas son las características del piano que más me convocan y que hacen que me resulte un instrumento tan fascinante.

Para terminar esta charla, si pudieras musicalizar el estado actual de tu alma con un tango o una melodía de piano específica, ¿cómo sonaría hoy la vida de Antonio?

Voy a mencionar dos músicas: una de Tanghetto y otra de un compositor armenio llamado Aram Khachaturian.

En el caso de Tanghetto, elegiría un tema que se llama «Trans Tango», perteneciente a nuestro disco anterior, Re-Invent Tango.

Es una composición que me gusta especialmente y que, a mi entender, representa bastante bien al grupo. Tiene un momento para cada instrumento, distintos estados anímicos y una gran variedad de climas. Tiene el ritmo de la milonga, pero también aparecen otros ritmos que interactúan entre sí.

Me parece un tema interesante y representativo de lo que hacemos.

Si tuviera que elegir otra música, que no fuera de Tanghetto y que quizás reflejara mi estado musical actual, mencionaría algo muy específico. Y también lo relacionaría con aquella primera pregunta sobre mi identidad y mis raíces armenias.

Se trata de una obra de Aram Khachaturian, compositor armenio de la primera mitad del siglo XX, titulada Las aventuras de Iván. Es una obra para piano solo, compuesta por varios números breves que reflejan las aventuras de un niño en distintas situaciones: Iván juega, Iván canta, Iván sale de paseo, Iván con su caballito de juguete. Son pequeñas escenas musicales.

El primero de esos números se llama «Iván canta».

Elijo esa música para reflejar mi presente porque tiene un espíritu muy nostálgico, lúdico y misterioso. Me genera sensaciones variadas, sintetizadas en algo musicalmente sencillo, con ideas breves y un enorme poder de síntesis.

Quizás representa este momento de mi vida. Justamente, estuve tocándola estos días y por eso también la menciono.

¿Qué es Tanghetto hoy para tu vida? ¿Es un refugio, es tu forma de libertad o es el lenguaje que encontraste para expresar aquello que a veces no te sale con palabras?

Tanghetto es, para mí, un lugar de libertad y de expresión. Es un espacio donde interactúo con mis compañeros, especialmente con Max, el director y compositor del grupo.

Siempre encuentro una muy buena recepción para las ideas que puedo aportar, discutir y desarrollar. Hay una apertura permanente a probar cosas nuevas. Es un proceso muy flexible y dinámico.

En ese sentido, Tanghetto representa para mí un espacio de experimentación, libertad y disfrute.

La verdad es que es un lugar que disfruto muchísimo.

Muchas gracias Antonio por esta charla!

Espero que les haya gustado esta entrega especial de El Diario de Vanesa y ¡será hasta la próxima!

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