domingo 6 de septiembre de 2026

UN PARAÍSO DE ALMENDRAS A ORILLAS DEL LIMAY

Del aula al campo: la neuquina que produce almendras junto al río Limay

Sus manos ya no sostienen tizas. Sostienen frutos. Se nutre con la potencia de su entorno. La tierra fértil, el canto del río, el silbido errante de las aves, la paleta de colores naturales que marcan el tiempo, y el sonido inconfundible de la cáscara que regala sus frutos. Hoy, entre sus almendros, el rigor de la docente se ha fundido con la paciencia de la cultivadora, entendiendo que cada fruto necesita su tiempo de frío para ofrecer, finalmente, su corazón más noble.
01/04/2026

Teresita franquea el paso a su mundo con la generosidad de quien sabe que posee algo único. De sonrisa enorme y mirada profunda, extiende sus manos sensibles para desgranar, capítulo a capítulo, las páginas del libro que hace a su historia: un relato de desafíos internos, superación y reinvención, calado por quien decide vivir la vida apasionadamente. Integrante de una familia neuquina tradicional y numerosa, lleva en su ADN el ritmo de estas tierras. Con la sensibilidad de quien ve más allá de tiempo y espacio, hace más de tres décadas que eligió proyectar su hogar en una zona rural, cercana a río Limay. Hermosa, pero lejana y algo olvidada, supo transformar su pedacito de tierra en un magnífico escenario de almendros que engalanan el barrio y atraen todas las miradas.

De la docencia a la pasión de producir las almendras del Limay

Teresita Peláez es, como suele decirse, una neuquina de pura cepa. Nacida y criada en el seno de una familia que eligió Neuquén para forjar su destino, creció al ritmo de una ciudad joven, cuando aún las bardas eran intocables y el río atesoraba su pureza prácticamente intacta.

Hija de Víctor Peláez y Beatriz Battisti, Teresita creció bajo el ala de dos pioneros que trazaron los primeros mapas de la salud en la región, figuras emblemáticas cuya huella trascendió los consultorios para convertirse en un legado de compromiso social y carisma. Ellos fundaron no sólo una clínica reconocida, sino una cultura del cuidado que las generaciones siguientes abrazaron con la misma vocación, manteniendo encendida esa antorcha de salud que hoy es parte del pulso neuquino.

Egresada del Colegio María Auxiliadora, Tere se alejó de la ciudad para formarse como Licenciada y Profesora en Biología, atraída por la curiosidad de conocer en detalle la magia de la naturaleza y los procesos vitales. Durante sus años en actividad profesional, Teresita Peláez enseñó a muchos jóvenes neuquinos no sólo lo que una docente de biología puede brindar al frente del aula. Enseñó a enseñar el vínculo con la naturaleza, con la pasión de quien respeta, admira y contempla todas aquellas bondades que de la tierra brotan. Casi como una casualidad y con la fortaleza de elegir el rumbo de su vida, el conocimiento académico sobre las células y la vida dejó de ser un tema pedagógico para transformarse en una vivencia en la piel.

En 2004, cuando su terreno en el barrio Piscicultura, de Plottier, era todavía un reino de yuyos más altos que ella, comenzó a poner los primeros cimientos de su hogar, casi como una colonizadora del sector. Una casa mirando al río, rodeada de enormes árboles que delatan el paso del tiempo. Damascos, ciruelos, duraznos, higos, un nogal y, por supuesto, un almendro, una especie de musa inspiradora. “Ese almendro fue testigo de lo que vino después”, cuenta con orgullo mientras recorre un frondoso y verde monte de frutales en compañía de dos silenciosos y fieles perros.  Mientras se deleitaba con la belleza del florecimiento de ese árbol cada primavera, Teresita mantenía en incógnita la calidad de sus frutos. Su ojo de bióloga la hacía pensar que algo no andaba bien. “Acompañé a mi padre a hacerse un estudio en Cipolletti y, de casualidad, pasé por el vivero al que iba habitualmente y le consulté a su dueño, Antonio, porqué mi almendro no parecía dar una semilla viable. Y allí aprendí que necesitaba un compañero para polinizarse”, relata con la honestidad de quien disfruta de aprender a cada paso.

Sin embargo, la plantación de los almendros y la decisión de producción no fue, en principio, una búsqueda poética y, mucho menos, económica. Fue una mezcla de curiosidad botánica y necesidad de protección. Su casa ocupaba la parte central del terreno, pero permanecía escoltada por dos grandes porciones de tierra donde la altura de los pastizales invitaban a la inseguridad y el acecho de los amigos de lo ajeno. "Tenía que tomar una decisión. Me habían hecho un agujero en el alambrado y los yuyos oficiaban de guarida. Pensé en limpiar todo y sembrar césped, pero además de trabajoso, era un desperdicio en riego y siembra permanente. Tenía que ocupar el espacio". Y decidió hacerlo con vida. Empezó a notar que en el almendro había una oportunidad. Los almendros crecieron entonces como centinelas, transformando un terreno estéril en un monte ordenado y productivo, cuyos troncos y hojas protegen su refugio a orillas del Limay.

Hoy, ese espacio es mucho más que un emprendimiento productivo. Es un paraíso de una hectárea donde conviven especies arbóreas que ofrecen generosamente sus frutos cada año, cuyas ramas ofician de descanso para cientos de aves que le agregan música al entorno; un rico jardín botánico que cumple la noble tarea de embellecer cada rincón; un precioso y cuidado invernadero para dar sabor fresco y natural a las comida; un sitio especial para las abejas que se nutren a diario con la riqueza de las lavandas; un jardín de un verde intenso que se mezcla con la transparencia del agua de una laguna artificial alimentada de la escorrentía del río Limay. En el centro, su hogar, cargado de detalles que hablan de su potente personalidad, rodeado de cada lado de una vasta plantación de almendros que anuncian trabajo, producción, cuidado y, sobre todo, vida.

Las raíces en su tierra, inundadas de Limay

Teresita camina entre sus almendros con el orgullo de hacer concretado un sueño. Avanza a paso firme por prolijos surcos que separan decenas de hileras de este rústico y fuerte árbol, capaz de resistir al frío invernal característico de la región. Como buena maestra, explica el proceso de la planta con una didáctica impecable: “Cuando la panta florece, parece que nevó en plena primavera, porque da una flor blanca y muy hermosa”, y su relato permite visualizar un campo en altura media plagado de flores blancas con un corazón de rosa intenso.

Luego la tarea es de las abejas, responsable de polinizar las especies”, explica mientras refuerza la labor minuciosa de estos insectos a quienes les tiene un cariño especial. En las proximidades de los almendros, emergen oasis de lavandas, margaritas y más especies capaces de atraer y dar cobijo a abejas, mariposas y otros polinizadores durante la temporada de floración. Es una buena estrategia para la producción efectiva de almendras que Teresita no aprendió sola, sino asesorada y acompañada por técnicos y profesionales del Centro Pyme, quienes supieron atender cada una de sus consultas cuando decidió lanzarse con este proyecto. “Me anoté en los proyectos vinculados a frutos secos y recibí toda la capacitación y el acompañamiento que necesitaba y más”, valora sobre su vínculo con el organismo que apoya con herramientas y capacitaciones a cientos de emprendedores. A partir de allí, y como una rama extensiva de su producción de almendras, surgió también la producción de miel. Las dedicadas abejas trabajan sin pausa en contadas colmenas que ofrecen una exquisita miel que Tere envasa para compartir con sus afectos o para donar a organizaciones sociales.

Y continúa con sus enseñanzas en un aula espontánea al aire libre y donde cada explicación toma carácter empírico. “El fruto es como un pelón de terciopelo que, cuando se pela, ofrece un rígido carozo, responsable de proteger la semilla que es en definitiva lo que comemos”, explica con didáctica mientras sus dedos señalan con exactitud el proceso de maduración del fruto que se muestra en las vísperas de la cosecha.

Tere expresa una admiración inmensa por los procesos de la naturaleza, aunque afirma que también tuvo que sortear obstáculos para cuidar sus almendros. “Las cotorras arrasan con todo, son muy dañinas y donde encuentran un hueco, se abren paso para lastimar los frutos”, dice con la nostalgia de saber que en la inmensidad del universo hay especies de comportamiento agresivo. Esto explica que haya tenido que destinar esfuerzos y recursos a tender redes protectoras sobre sus frutales, una vez más con la ayuda –en este caso financiera- del Centro Pyme. “Me ayudaron tanto que la primera vez que me invitaron a una feria dije ‘no puedo dejar de ir’, así que pensé en un packaging, en un stand y en folletería para presentar su emprendimiento a la comunidad neuquina. Sin embargo, una vez más me llevé mucho más de lo que aporté porque conocí un montón de emprendedores, de pares, con quienes empezamos a trabajar en red”, afirma orgullosa de quienes apuestan a forjar su propio destino con esfuerzo.

El proceso de cosecha requiere precisión técnica y un especial respeto a los tiempos de la naturaleza que para Tere son sagrados: “todo tiene un tiempo bajo el sol… tiempo de plantar y se cosechar” versa el texto del Antiguo Testamento que eligió para encabezar un folleto en el que presenta su emprendimiento “Almendras del Limay”. Detalla con una claridad sublime los métodos para realizar la cosecha, a partir de un método manual que cuida la planta y permite que los frutos caigan sobre mantas ubicadas debajo de la copa del árbol.

La tarea no la hace sola, sino con la comprometida colaboración de José Luis, un chacarero ya jubilado que no escatima esfuerzos para acompañar, cuidar y hacer crecer cada rincón con vida del lugar. En tiempos de cosecha es él el responsable de sumar voluntades para llevar adelante la tarea, subrayando que el respeto y el cuidado a las plantas es la máxima a sostener. Y aquí surge la faceta de Tere como empleadora e integrante de una red de productores locales que se ayudan mancomunadamente para hacer crecer sus emprendimientos.

En la última cosecha, se cultivaron artesanalmente 1200 kg de almendras con cáscara de las variedades Guara y Marinada que luego se trasladan a un emprendimiento de Cipolletti, encargado de los procesos de pelado y clasificación para su posterior comercialización. Adentrarse en esta producción local de pequeña escala permite sentir que se trata de un producto cultivado con amor y con respeto a lo que la tierra es capaz de brindar.

Tere cuenta que el otoño se lleva las hojas y pinta de ocre el terreo donde emergen troncos desnudos. Es el tiempo de dejar descansar a los árboles, trabajar la tierra y acumular el frío suficiente para que el florecimiento sea vigoroso. “La naturaleza es muy sabia y por demás generosa”, asegura con firmeza al relatar que la laguna que se alimenta con agua del río Limay genera a la vez un microclima que mitiga las heladas en los crudos inviernos. Son tiempos de fertilizar la tierra, limpiar los yuyos, podar ramas improductivas, poner tutores donde hace falta y cientos de tareas que Tere conoce a la perfección, para dar lugar a un nuevo ciclo. Resalta que entre muchas frases rectoras, elige la de Mamerto Menapace que versa "hay que tener fé en la primavera".   

En estos años de trabajo, el emprendimiento fue sumando equipamiento técnico, herramientas y armando una red de trabajo con productores locales que le proveen de recursos para mejorar la calidad de sus terrenos, de un lado y del otro de la vivienda. “Tuve que conocer y aprender sobre las particularidades del terreno porque las características del suelo no son iguales”, explica mientras su memoria trae al presente que antes de los almendros, uno de los cuadros era lindante con las canteras de la familia Sagio.

La elección de vivir a orillas del río Limay no fue casual, como tampoco lo fue elegir ese nombre para acompañar a sus almendras. “Amo el río”, dice con la claridad de quien encuentra en ese magnífico curso de agua un reflejo infinito de abundancia y pureza. Su rostro se llena de energía cuando lo menciona y completa la fortaleza de sus relatos con los otros elementos claves de la naturaleza: la luz del sol, las bondades de la tierra, los procesos climáticos. “Si cuidas la tierra, la tierra es muy generosa”, dice con seguridad mientras realiza un paralelismo entre el cultivo y la vida. “Para disfrutar el color, la textura y el sabor de una almendra hay que cuidar todo el proceso: preparar la tierra, sacar los yuyos, cortar las ramas que no sirven, ofrecer alimentos como agua, luz y el trabajo inagotable de las abejas. Como la vida misma, alimentarse de lo bueno y sacar lo que no nos hace bien”, afirma.

Luego de retirarse de la actividad docente, Tere pivoteaba su trabajo como emprendedora con responsabilidades en el Centro de Rehabilitación que pertenece a la clínica familiar. Pero de un tiempo a esta parte eligió abocarse de lleno a sus almendras, a la miel y un sinfín de actividades que la mantienen actividad permanente. No se trata de un retiro, sino de una siembra.

Un cable a tierra en la adversidad

Pero el destino, siempre caprichoso en sus formas, decidió que el crecimiento de su emprendimiento coincidiera con el momento más desafiante de su propia biología. En 2020, mientras el mundo se sumergía en la incertidumbre que trajo la pandemia, Teresita enfrentaba su propia batalla interna: un diagnóstico de cáncer de mama. Casi como una heredera del sanar, Teresita respondió con más vida y se volcó con más fuerza a la tierra. En ese tiempo de tratamientos, rayos y terapias, construyó el invernadero, un santuario especialmente cuidado donde hoy crecen aromáticas de todo tipo, verduras de hoja, frutillas, tomates y mucho más. "Mi cable de la tierra al cielo", confiesa Teresita. "Volvía del COI a las seis de la mañana; era la única que andaba por la ruta a esa hora. Tenía el turno temprano y apenas llegaba, nos poníamos a trabajar acá con José Luis".

Ella es una persona de fe y así lo anuncia una figura de metal de San Francisco de Asís, patrono de la naturaleza, ubicada al frente de su casa, casi como un protector. También lo hace un cuidado altar interior donde convergen estampitas de santos con las fotos de su mamá y su papá. “Cada vez que entraba a una sesión de rayos, sentía que cuatro mujeres especiales en mi vida me sostenían en sus brazos, rogando juntas para salir adelante: mi mamá, mi madrina, Santa Teresita y la Virgen de Guadalupe”, expresa con sinceridad mientras desnuda la fragilidad que la atravesó en ese momento.

Tras enfrentar el diagnóstico, una nueva invitación la devolvió a las aguas de su preciado río Limay, pero esta vez desde adentro. Cuando estuvo recuperada, se sumó a Rosa Fénix, un grupo de mujeres que, con la fortaleza del ave, toman los remos de sus vidas y, a bordo de botes dragón, toman impulsos sobre las aguas para concientizar sobre la importancia de realizarse controles para prevenir la enfermedad. Por supuesto que, en medio de la aventura, comparten su día a día, sus propios procesos y hasta sus proyectos, como el ir a remar juntas al 6° campeonato internacional de botes dragón en Barcelona a fines de mayo. La ilusión de Tere con el viaje se siente en cada palabra que hace al relato, desde la conformación del equipo de mujeres, los botes que usarán hasta las actividades que realizan en la zona para reunir los recursos necesarios. Su ilusión se duplica al compartir que luego de vivir semejante experiencia proyecta peregrinar hacia Santiago de Compostela.

A sus 62 años, la fe de Teresita no es algo que se quede quieto en un banco de iglesia. Es una fe que se mueve: estuvo presente en la última misa de Pascua del Papa Francisco en 2025, pero también se manifiesta cuando hunde las manos en la tierra fértil de sus almendras o en los brotes de su invernadero. Es la misma energía que la lleva a remar con fuerza en el bote dragón o al desafío de gastar la suela en el Camino de Santiago. Para ella, caminar a Compostela no es solo un trayecto; es un largo y necesario 'gracias' por la vida.

En el nombre del padre, la madre y el hijo

Teresita es una anfitriona de lujo. En el paseo por su pedacito de mundo, plagado de historias y relatos, se cuelan las emociones más nobles y profundas. Atraviesa el jardín de su casa, entre los juegos infantiles, y atiende el llamado de un grupo espontáneo de gansos que desde la orilla le reclaman el encuentro. Los ve, se sonríe, y advierte que quieren el cariño que suele brindarles. Enseguida vuelve con un balde repleto de maíz y las aves responden agradecidas con un canto casi al unísono.

Y entre paso y paso, Juan llega a ser el protagonista de sus palabras, casi como de sus pensamientos. Su hijo, que pulula entre la adolescencia y la juventud, comienza este año la universidad en otra ciudad. “Solo tengo sentimientos de gratitud de que hoy pueda dar ese paso”, dice convencida de haberle ofrecido siempre lo mejor que pudo, y no en términos materiales, sino en darle valores y herramientas para acompañarlo a ser una buena persona. “Juan llegó a mi vida cuando ya no tenía esperanzas de ser madre y fue el regalo más hermoso que me dio la vida.

Una mirada rasante por el lugar permite pensar que Teresita proyectó cada rincón para él. Un puente colgante que delata el paso del tiempo, una casita en un frondoso árbol, originales hamacas, un arenero que esconde tesoros infantiles, saltarines que simulan animales, una ondulada pasarela de goma y otros tantos rincones conservan el eco de una infancia lúdica en un entorno natural inmejorable. Juegos infantiles que se funden hoy en asados y juegos de cartas en el quincho que de pronto se llena de amigos. “Vamos a hacer algo para cenar, ma” le anuncia con confianza mientras Tere saluda a sus amigos, aquellos que hicieron de la canchita de fútbol un lugar sagrado donde reunirse y divertirse. Teresita no siente el vacío, sino la gratitud de la cosecha cumplida. “Es una nueva etapa para los dos que nos encontrará a la distancia, pero unidos”, dice Tere con el orgullo de haber criado un buen chico y haber construido con él su familia.

Tere, que creció rodeada de hermanos, fue testigo directa del esfuerzo, el compromiso y la dedicación de sus padres. Para ella, sus padres son mucho más que las figuras ilustres que ocupan las páginas de los libros de historia regionales. Son guía e inspiración. Son mirada y presencia, aún en ausencia. Ellos se cuelan en sus relatos en forma ininterrumpida, porque siempre hay algo que los rememora.

Un puñado de coloridos rosales marcan el camino a la puerta de su hogar. Tere se detiene para contar la historia. “Mi papá tenía un jardín espectacular. Un día se cansó y cambió todas sus plantas por rosales, porque le encantaban. Cuando partió, me traje algunos de esos rosales a esta casa y cada vez que los veo, lo veo a él”, llega a contar cuando la emoción le quiebra la voz y su mirada bañada de lágrimas se detiene en la belleza de esas flores que, además de poner vida y color, acompañan el rumbo.

Tere relata su historia como un canto a la vida, aún con sus avatares. “En los últimos años revisé mi vida, mis acciones, mis pensamientos y ordené mis prioridades. Cada día me pregunto si quiero tener razón o paz y salud. Y renuevo el compromiso interno de ir por los dos últimos”, expresa como una letanía.

Ella ya no busca la ciudad; prefiere el lenguaje del río, los colores de su jardín, los brotes de su huerta y el crujido de la cáscara de almendra que, al romperse, le recuerda cada día que la vida siempre vuelve a brotar. Porque en esta orilla del Limay, Teresita Peláez no solo cultiva frutos; cultiva la certeza de que, tras el invierno más crudo, siempre llega el tiempo de ofrecer el corazón.