CUARENTA AÑOS DE TINTA Y CALLE AL ALBA
El último canillita de Neuquén: la historia de Palito Galaz y su legado
Sus manos, hoy alejadas del trajín diario, tienen la memoria que el jabón no pudo borrar: la de la tinta fresca, el frío punzante de la noche, el aroma a café, las charlas amistosas y la virtud responsable de marcar el inicio del día en la calle, las viviendas y las oficinas pública. Y él le agregó un valor incalculable. Palito no sólo repartió titulares en papel. Él cosió vínculos para siempre con el hilo invisible de su notable presencia diaria.
Palito Galaz es mucho más que un personaje urbano. Si existiera una enciclopedia colaborativa de Neuquén, sin dudas estaría catalogado como figura pública. Palito fue canillita en Neuquén por varias décadas y supo marcar el inicio de cada día mucho más que un despertador. ¿Por el ruido del diario al caer en un porche o por hacer ladrar al perro cada mañana? Claro que no. Palito, muy lejos de construir un personaje, fue Palito en cada rincón que su recorrido marcaba a diario.
En las pomposas casas del alto, así como en las humildes viviendas, ávidos lectores esperaban su llegada cada mañana. Tanto como empleados de decenas de oficinas públicas que preferían comenzar el día con sus chistes de paso, sus comentarios futboleros, su enorme sonrisa o su inagotable energía que ya llevaba varias horas de ventaja al servicio de su oficio; eso mucho antes que cualquier frío reloj. Palito tiene hoy la notoriedad o la trascendencia colectiva de quien transita el día a día eligiendo ser para uno mismo y para el otro. Nunca pasó inadvertido. Y nunca nadie pasó inadvertido para él. Invitarlo a hablar de su oficio es adentrarse a rosario de anécdotas que tocan cada una de las fibras de quien lo escucha y, sobre todo, de las propias.
Las historias se alborotan en palabras que se apuran por salir con la devoción de quien puede ver y traer el pasado al punto donde la nostalgia se superpone al sacrificio de revolear el diario al lugar exacto, a desarmarlo para que pase justo por una larga puerta o a esquivar a un aguerrido perro. Palito es un canto a la vida. Sus relatos, que bien podría servir de argumento para los versos de Florencio Sánchez, encuentran el punto de inicio con la misma claridad que el alba marca el inicio del día. Lejos de cualquier intento por romantizar su propia historia, él aprendió a ser canillita mirando con la curiosidad de un niño la tarea cotidiana de sus padres. “Yo no puedo hablar de esta historia sin dejar de nombrar a mis padres”, desliza con el orgullo de quien hereda la vocación con orgullo.
Cuando él aún era un joven, su papá abrió en su casa un kiosco para tener un ingreso más con el que hacer frente a las necesidades de una familia compuesta por el matrimonio y sus cuatro hijos. Un accidente lo había hecho apartarse de sus tareas en Vialidad Provincial. Hasta entonces su mamá se dedicaba a las tareas del hogar. Ese fue el puntapié inicial para comenzar a vender diarios desde la quietud del hogar.
La dinámica cambió el día que el canillita habitual de la puerta del Colegio Don Bosco dejó liberada la plaza y el padre, sin dudarlo, tomó la posta. “Antes los puestos eran vitalicios, y las esquinas tenían nombre y apellido”, cuenta Palito como parte de los códigos entre colegas. “Papá era de los de antes, se levantaba a las 4:00 de la mañana, se instalaba con la bolsa de diarios, y pronto pasó a ser un personaje muy querido en el barrio y muy simbólico de la entrada del colegio”, relata sin desestimar entre risas el costo adicional que significaba para Palito y sus tres hermanos la actividad de su papá cuyos tintes de centinela les impedían ratearse como sus compañeros. Paralelamente, su mamá salió de las tareas hogareñas e innovó vendiendo los diarios de Buenos Aires caminando entre los autos que transitaban por la calle San Martín, a metros de la Avenida Argentina. Eran los primeros años de la década del ’80 y en esos tiempos los diarios de Buenos Aires se conseguían solo por la tarde y en dos kioscos céntricos. Entonces ella, sin ningún temor, encontró entre los conductores una veta, una posibilidad de negocio. “Yo me sentaba en la vereda para acompañarla y la miraba”, cuenta con sobrada admiración a la bravura de su madre. El aprendizaje fue una observación silenciosa y constante. Inmerso por completo en la mística urbana, Palito mamó el oficio que más tarde le permitiría a él y a sus hermanos sostener sus propias familias. “Mis padres hicieron muchas cosas para que nosotros no pasáramos hambre”, destaca Palito desde la madurez retrospectiva de quien creció en una familia humilde, pero por demás trabajadora.
Un mensajero entre los pasillos del poder
Con el advenimiento de la democracia en el país, se dieron cambios en distintas aristas que también impactó en la familia Galaz. El papá de Palito consiguió que Don Felipe Sapag, gobernador por esos años, lo autorice a vender diarios en el hall de ingreso de la Casa de Gobierno. La demanda y la popularidad que alcanzó en esa estratégica ubicación lo obligó a dejar atrás las puertas del colegio salesiano. La actividad era creciente y, con la comercialización de revistas que propuso su mamá, comenzaron a diversificarse tanto como a expandirse. Un llamado telefónico desde la Legislatura provincial fue la clave para convertirse en proveedores del Estado y comenzar con la distribución en decenas de oficinas públicas, un mercado que resultaba por demás interesante y que se sumaría a la ronda de clientes fijos de cada madrugada. Su hermano mayor sumó esfuerzos a sus padres y, un tiempo después, Palito entró en escena, hasta la estocada final. “Mi forma de ser, esa sociabilidad que me desborda, empezó a tejer una red de contactos y afectos que nos fue trazando un camino nuevo y terminó de redibujar la economía de casa”, resalta al recuperar la crónica del trabajo que abarcó a todos los integrantes de la familia en distintos tiempos, con variada disposición y con distintos medios. Primero caminando, luego la bici, más tarde la moto hasta que llegó el reparto en auto.
Su figura se volvió tan familiar en la administración pública que las puertas se abrían antes de que él llegara. No era un simple repartidor; era un eslabón necesario en la rutina de gobernadores, funcionarios y un sinfín de empleados. Entraba a los despachos con la naturalidad de quien es parte del día a día, llevando no solo el diario, sino ese pulso de la calle que los despachos suelen olvidar. Su forma de ser lo hizo acreedor de respeto y confianza en todos los niveles de la administración, a tal punto que tenía vía libre para entrar al despacho en un gobernador y dejar las cosas en el escritorio, junto a pilas de documentación que cualquiera hubiera querido leer y que él ni siquiera se le ocurría pispiar. En el submundo del que inicia el día a las 4 de la mañana, el horario de inicio de las oficinas públicas marcaba el principio del fin del recorrido para algunos canillitas. Para Palito, comenzaba la rutina de cobros y gestiones por las oficinas. Pero previo a todo, y tras finalizar el reparto, pasaba por el religioso saludo a su madre y luego corriendo a las oficinas de un ministerio. Allí, 8 am, lo esperaba su amigo para la lectura conjunta del diario.
“Vivía en un mundo bastante ecléctico, desde la cumbre del tipo que estaba en el poder, otro de muchísimo dinero, a uno que no que no alcanzaba para comprar el diario. Entonces, era muy camaleónica la mañana, pero lograba adaptarme a cada circunstancia”, relata sobre ese puñado de horas en las que trataba con más de 200 personas diarias y tenía la capacidad de registrar el día a día de cada uno. Así, acompañaba la preocupación de un empleado cuando le cambiaban el jefe y temía quedarse sin empleo; o la de un cliente tras la operación de un familiar; o la de un club de fútbol que no podía comprar pelotas. “Parece mentira, pero lo que más necesita la gente en la calle es un oído. La gente necesita que la escuchen, aunque no seas el indicado para solucionarlo o darle una ayuda. Pero muchas veces tenés el teléfono del que le puede dar la solución”, explica sobre su multifacética capacidad de disponerse según la necesidad de sus interlocutores y sin despegarse nunca de su naturaleza de canillita.
El puente de palos: un oficio de ayuda invisible
Para Palito, el diario nunca fue solo un conjunto de noticias impresas ordenadas por jerarquía, sino un salvoconducto para ayudar. Si en los comienzos aquel fardo de papel fue el sustento que trajo el pan a la mesa familiar, con los años él lo transformó en una herramienta de auxilio para los demás. Su red de contactos, tejida entre cafés de madrugada y despachos oficiales, no era para beneficio propio, sino para ponerla al servicio del vecino que no tenía voz. “Siempre aclaraba que lo que pedía no era para mí. Una vez un secretario general de la gobernación me dijo que no le pida nada más, que vivía pidiendo cosas y que lo tenía cansado. Le expliqué que nunca pedía nada para mí y me contestó: ‘por eso, pedís para todos, pero nunca para vos, pedime algo’. Le dije, ‘no quiero nada, solo págame los diarios”, explica.
Así, Palito se convirtió naturalmente en una especie de gestor de milagros cotidianos. “Che Palito, vos que te conoce todo el mundo, me podes ayudar con….”, y sembraban en él el desafío imperioso de dar respuestas. Si un temporal de viento y lluvia azotaba Neuquén, él sabía a quién llamar para conseguir las chapas de cartón que reemplazaran aquellas que se habían dañado. Si un club de barrio no tenía camisetas para que los chicos jugaran el domingo, él movía los hilos necesarios entre sus clientes de la administración pública para que el equipo tuviera sus colores. Su capacidad de ayuda era tan vasta como su recorrido.
Consiguió frutas para un hogar de adultos mayores; intercedió ante el funcionario oportuno por un reclamo vecinal olvidado; reunió información sobre las campañas de vacunación para un grupo familiar cuando el reparto tocaba en dependencias de salud; hizo colectas de harina cada vez que un comedor alejado del centro quería ofrecer tortas fritas a las familias a las que asistían… y si no llegaba a reunir lo pretendido, compraba los kilos que faltaban. Y, por supuesto, cuando de diarios se trataba, allí estaba Palito, buscando suplementos cuando alguna biblioteca popular había salteado algún fascículo, acopiando diarios para manualidades de un jardín de infantes, acercando el diario a esa familia que había perdido un familiar y no tenía recursos para guardar el cuadradito necrológico de la época. “Es lo que me permitió ser Palito, porque estaba en todos lados por algún motivo social, cultural, deportivo, escuchando, conversando, contactando”. En Palito, la figura del canillita mutó a la de un asistente social de calle, un hombre que repartía noticias, pero que, sobre todo, tejía esfuerzos entre personas para conseguir soluciones.
La confianza de las puertas sin llave y el "Tío Palito"
Esa capacidad de Palito para adaptarse a cada mundo construyó una moneda invisible pero inquebrantable: la confianza. En un Neuquén en el que todavía era posible identificar cada rostro con nombre y apellido, ser el canillita de confianza era poseer un pase libre a la intimidad. Entraba a casas donde sus dueños tenían la confianza de dejar objetos de valor a la vista; conocía perfectamente las mañas de una puerta enorme que obligaba a separar cada pliego del tabloide para que llegue al otro lado de la puerta; encontraba rápidamente el espacio perfecto donde la mascota del hogar no era capaz de tomar el periódico como presa; dibujaba con la perfección de un físico la curva y la fuerzas necesaria para que el diario ingresara por una ventana apenas abierta en un balcón de un segundo piso; corría con velocidad olímpica cuando los ladridos de un perro guardián lo ahuyentaban del frente de la vivienda de su cliente; se embarraba hasta las rodillas para atravesar las trincheras de calles de tierra que rodeaban los primeros barrios cerrados de la ciudad mientras su moto quedaba protegida en la parte alta de la barda.
Cada una de las anécdotas permiten delinear a la perfección las madrugadas de un verdadero aventurero urbano que tuvo las mejores lecciones en la escuela de transitar la calle. “Le debo mucho a la calle. Me trató bien, me enseñó valores, me enseñó a respetar y a respetarme. Cuando la calle te trata bien y tenés buena compañía en la calle, valoras mucho la confianza y el cariño con el que te trata la gente. Esa devolución es invaluable”, reflexiona.
Entonces, entre muchos relatos, destaca la historia con el gobernador, no tanto por su investidura sino por el método de enseñanza. Una mañana del montón estaba por arrojar el diario cuando el cliente, aún en pijamas, abre inesperadamente la puerta de su casa y lo invita a pasar. Era muy temprano. Palito trató de explicarle que debía seguir su cronometrado recorrido, pero el funcionario insistió y Palito ingresó. El señor cerró la puerta y se quedó del lado de afuera. Palito no tuvo tiempo siquiera de pensar qué estaba pasando cuando un fuerte estruendo en la puerta le hizo aumentar las pulsaciones súbitamente. La puerta se abrió y a continuación la lección. “¿Qué se siente?”, replica Palito parafraseando a su mentor. “¿Con el ruido?”, repreguntó él con coraje soberbio y remató con “tremendo quilombo” porque no sabía lo que estaba por venir. “Bueno, eso es lo que siento yo cuando vos tiras el diario desde de la moto y lo pegas contra la puerta”, explicó con docencia el cliente. Ni lerdo ni perezoso, Palito le replicó por no habérselo dicho antes. “Siempre te escapas. Hoy, cuando escuché que la moto se acercaba me levanté para esperarte”, remató el gobernador que, a partir de entonces, empezó a recibir el diario finamente apoyado en la ventana.
Pero si hay hitos que terminaron de sellar su identidad como parte de la familia de sus clientes fue la historia de Candela. En una mañana de autos que no arrancaban y urgencias escolares, la confianza se transformó en entrega. Un cliente desesperado no lograba hacer andar su auto para cumplir con la rutina de llevar a su hija al Jardín de Infantes. Palito, sin dudarlo, cargó a la niña en su coche, entre fardos de papel y el olor a tinta fresca, y rumbeó a la escuela. "Iba a 20 kilómetros por hora, pero le hacía todo el circo de que íbamos a mucha velocidad para que ella se divirtiera", recuerda. En ese viaje de pocas cuadras y mucha imaginación, la responsabilidad habitual de entregar un diario se convirtió en la de entregar un tesoro. Al dejarla en la puerta del jardín, nació el "Tío Palito", un título que hoy, casi dos décadas después, sigue resonando como un eco de agradecimiento.
La cofradía del alba: café, frío y hermandad
Antes de que el primer rayo de sol asome sobre la barda, existe un universo paralelo poblado de oficios que, en el silencio de la oscuridad, organizan la ciudad que iniciará al día siguiente. En ese devenir de recuerdos, Palito rescata a la cofradía que funcionaba mientras todos dormían: una red invisible de centinelas urbanos que custodiaban el pulso de Neuquén. “Estaba el barrendero; el policía que advertía ciertas amenazas; o el tipo que sabías que era peligroso pero que no se metía con nosotros”, explica sobre esos tiempos en los que la noche se regía por códigos inquebrantables de respeto mutuo.
Entre el humo de los escapes y las luces amarillas del alumbrado público, esos personajes conocían a la perfección lo que sucedía en cada rincón y a cada minuto para que la maquinaria de la ciudad no se detuviera. Para Palito, esos rostros nocturnos eran sus únicos testigos; compañeros de un pacto de hierro con el clima patagónico que no sabía de treguas. El oficio de canillita se cumplía bajo la lluvia, el calor agobiante o desafiando ese viento que parecía querer arrancarte de la moto, en un calendario que solo permitía cuatro descansos al año: el 1 de mayo, el 7 de noviembre (día del canillita), Navidad y Año Nuevo. El resto es un trajín de levantarse a las 3 de la mañana en cualquier condición meteorológica. “El clima para el canillita no existe, es parte de la escena. Repartimos con nieve, lluvia, calor o lo que fuera”, afirma Palito, quien en cuatro décadas solo faltó a su cita con los vecinos durante la gran inundación de 2014. “Salí a las 4 am como cada mañana. Había llovido toda la noche, pero no tenía conocimiento de la magnitud de la lluvia. Y no pudimos llegar”, dice Palito con la certeza de quien vivió su juventud a la intemperie, pero valora la fortuna de no haber enfrentado por ello problemas de salud. “Lo peor que se podía pasar era cuando te cortabas con el papel o cuando las manos quedaban negras de tinta”, relata mientras mira agradecido esas manos que anuncian el paso del tiempo. Y allí otra vez surge el mensaje materno: “Mi mamá nos decía que usáramos guantes”. Y enseguida explica por qué prefería el agua y el jabón mientras en el relato entran en escena las vivencias con sus pares.
Ser canillita no era una tarea solitaria, sino la pertenencia a una camarilla de colaboradores con códigos comunes. En aquellos años, el epicentro era en un principio la Casa del Canillita que instaló para siempre la costumbre de entibiar las manos con un café caliente o compartir un mate frío y extremadamente dulce. Siempre encontraron un espacio donde continuar con la tradición de compartir la primera infusión de día, la voz ronca de las primeras palabras de madrugada y el ejercicio sistemático de organizar sus bolsas antes de salir a repartir. “Conocí gente maravillosa, muy leal, muy buena”, resalta Palito de esos tiempos en lo que incluso habían determinado un código para acomodar las bicis y las motos. En esa comunidad, la competencia quedaba relegada a una solidaridad silenciosa y profunda. Una red de favores que garantizaba que el servicio fuera sagrado: si un compañero tenía un problema con su moto o un lector quedaba fuera de su ruta habitual, siempre había un colega dispuesto a desviar su camino para garantizar que el diario llegue. Se pedían diarios entre sí, se compartían datos de nuevos clientes y se cuidaban las espaldas en las madrugadas más crudas. Para Palito, esa hermandad fue su segunda familia; un grupo de trabajadores que, entre chicanas futboleras, discusiones sobre los titulares del día e impactos necrológicos, forjaron una identidad compartida: la de ser los guardianes del primer saludo de Neuquén.
En medio de ese ritmo frenético, la diversión con sus amigos no se detenía, aunque el reloj funcionara bajo una lógica invertida. Mientras el resto del mundo contaba las horas para despertar, para Palito el cálculo era otro: “Me queda tanto para dormir”, pensaba internamente mientras los planes con sus amigos entre el río y el centro lo tentaban a seguir de largo hasta la hora de comenzar con las obligaciones. Vivía con el tiempo a contramano, convirtiendo la madrugada en un escenario de anécdotas donde el cansancio era apenas un detalle que se postergaba para cuando fuera posible y donde más de una vez sus amigos lo acompañaron en el recorrido porque, para quien no lo tenía como rutina, presentaba una aventura. “Lo que más pesaba eran los feriados un día de semana y la ciudad tomaba las características de un domingo”, cuenta y deja entrever la pereza que significaba ese día de sacrificio. “Alguna vez me ligué un reto por llegar tarde”, dice mientras ríe y explica que el cuerpo le pedía descansar unos minutos más. Sin embargo, enseguida justifica la bravura de su cliente. “Es que leer el diario es un ritual que el lector acomoda en su rutina. Vos te sentás, agarras el mate, el diario, y lo lees, en el sentido que te guste, pero te dispones a ese momento. Es un momento de paz para el que le gusta leer el diario. Entonces si el tipo lo trae tarde, y ya empezó el pulular familiar, el lector ya el tipo perdió”. Explica e incorpora en el relato su función como eslabón fundamental en la tarea al alba de los periodistas que esperaban con ansias su llegada para dar aire en una radio local.
La herencia de ser buena gente
El progreso, ese gigante contra el que Palito sabe que no se puede luchar, y la llegada de la pandemia, terminaron por marchitar el ritual del papel. La inmediatez digital volvió vieja a la noticia del día anterior y el miedo al contacto en el 2020 distanció el vínculo del saludo mano a mano. “Pregunté en la familia si alguien quería seguir porque yo ya no podía”, dice con tristeza, pero con la satisfacción de quien ha cumplido su turno. Su retiro definitivo no fue un desamor, sino un acto de prudencia. Palito buscó entonces una seguridad laboral que el diario no le podía garantizar en un retiro futuro e ingresó a trabajar en una cooperativa de servicios públicos.
Hoy, el legado de Palito se mide en la popularidad que brota cada vez que sale a la calle. Para sus hijos, salir a caminar con él es aceptar un desafío perdido de antemano: ellos suelen apostar cuántas personas van a interceptar una salida familiar, que no son un simple saludo, sino charlas que paralizan cualquier reloj. Su sobrenombre, ese "Palito" que es marca registrada de confianza, sigue abriendo puertas. Ellos saben que, aunque crecieron en una familia humilde, gracias a ese sacrificio de madrugadas y tinta nunca les faltó nada. “Sabían que papá a las 4 de la mañana desaparecía y no lo verían hasta después de mediodía, incluso los fines de semana”, explica sobre la dinámica familiar en la que durante varias horas de su ausencia el descanso se apoderaba de los suyos. El diario no solo fue el sustento; fue el escenario donde su Palito pudo lucirse y demostrar que se puede llevar una buena vida basada en la cultura del trabajo. “El diario me trajo más alegrías que tristezas”, concluye.
El ritual, aunque transformado, persiste en la intimidad. Hoy Palito es quien recibe el diario y cumple con la ceremonia de leerlo junto a su madre, cerrando el círculo que empezó en aquella vereda de los años 80. "Lo más importante es ser buena gente", repite como un mantra, consciente de que su verdadera fortuna no está en los archivos, sino en el afecto cosechado que recibe día a día. “El diario nos dio la vida. Si nosotros no hubiéramos tenido el diario, quizás yo no sería el Palito que todo el mundo nos conoce”, expresa sin contener las lágrimas.
Palito Galaz no se jubiló de ser canillita; solo cambió de escenario: “Siempre fui lo que verdaderamente soy y el diario me permitió lo que el escenario le permite a un artista… lucirme en el compartir con la gente”. Aunque ya no cargue fardos ni sus manos se tiñan de negro cada madrugada, su identidad sigue intacta.