ENTREVISTA
Cuatro jefes de Gabinete en dos años: el récord de Milei y el deterioro de una institución que nunca funcionó
A 31 años de su creación, la figura del jefe de Gabinete de Ministros sigue siendo una de las grandes promesas incumplidas de la reforma constitucional de 1994. Así lo advirtió Marcelo Bermolén, director del Observatorio de Calidad Institucional de la Universidad Austral, en una entrevista con el programa "Nada sucede dos veces" de AM Cumbre 1400.
Un cargo que nació con otra ambición
El 8 de julio de 1995, Eduardo Bauzá asumió como el primer jefe de Gabinete de la historia argentina, durante la segunda presidencia de Carlos Menem. La figura había sido incorporada en la reforma constitucional impulsada por el Pacto de Olivos, con la pretensión de crear una suerte de primer ministro que morigerara el hiperpresidencialismo argentino.
"La idea era que concentrara mucho poder, absorbiera parte del poder presidencial y mantuviera una relación muy fuerte con el Congreso, incluso pudiendo ser removido mediante una moción de censura", explicó Bermolén. Nada de eso ocurrió.
En la práctica, el cargo terminó siendo el de un ministro coordinador, subordinado directamente al presidente, encargado de tareas burocráticas y elegido, en la mayoría de los casos, por su lealtad personal antes que por su idoneidad.
Tres décadas, 24 jefes de Gabinete
El informe elaborado por el Observatorio relevó la trayectoria completa del cargo desde su creación. Hubo 23 jefes de Gabinete con mandato concluido; Diego Santilli es el número 24, designado por el presidente Javier Milei y en funciones desde ayer martes 30 de junio.
El análisis de permanencias revela un deterioro progresivo. Desde que Marcos Peña fue el único jefe de Gabinete durante toda la presidencia de Mauricio Macri, los mandatos se volvieron cada vez más breves. Con la gestión de Milei, ese proceso se aceleró.
"Milei es el presidente que más jefes de Gabinete tuvo en menos tiempo: cuatro en apenas dos años y medio de gestión", señaló Bermolén. Para encontrar un punto de comparación: Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández tuvieron tres cada uno, en cuatro y cuatro años respectivamente.
Además, la gestión actual concentra los dos registros de menor permanencia en el cargo. Nicolás Posse duró 169 días —"mucha gente ni siquiera recuerda su nombre", dijo Bermolén—, desplazado en medio de versiones que apuntaban a conflictos internos o falta de capacidad ejecutiva. Lo reemplazó Guillermo Francos, hasta que lo sucedió Manuel Adorni, que permaneció 235 días, pero durante 112 de ellos estuvo imputado por presuntas faltas a la ética pública y enriquecimiento ilícito. Al mismo tiempo, acumulaba las funciones de vocero presidencial y un cargo en el directorio de YPF.
El problema del diseño constitucional
Más allá de las personas, Bermolén señaló que el cargo tiene un problema de origen: su diseño constitucional quedó a mitad de camino. "El Congreso puede destituir al jefe de Gabinete, pero el presidente podría volver a nombrarlo al día siguiente porque no necesita acuerdo parlamentario para designarlo", explicó. En 31 años, nunca se ejerció la moción de censura. El caso Adorni fue, según Bermolén, el más cercano a una posible remoción.
El entrevistado también señaló una violación constitucional recurrente: el artículo 100 de la Constitución Nacional establece expresamente que el jefe de Gabinete no puede ejercer otro ministerio. Sin embargo, con la llegada de Guillermo Francos al cargo —que no quería dejar el ministerio del Interior—, ese ministerio fue convertido en secretaría y absorbido por la Jefatura de Gabinete. Luego Adorni lo recreó como ministerio independiente. Ahora Santilli, que venía desempeñándose como ministro del Interior, vuelve a llevar esa estructura consigo.
"La política adapta las instituciones a las personas, en lugar de designar personas idóneas para cumplir las funciones previstas por la Constitución", resumió Bermolén.
Instituciones de plastilina
El experto utilizó una metáfora para describir el fenómeno más amplio: "instituciones de plastilina", moldeadas por el poder de turno según la necesidad política del momento. Y enumeró una serie de señales de deterioro institucional que exceden al cargo en cuestión.
Entre ellas mencionó el acceso más restringido a la información pública —modificado por decreto mediante nuevas excepciones—, el debilitamiento de los organismos de control, la parálisis prolongada de la Auditoría General de la Nación por falta de designaciones, la dependencia de la Oficina Anticorrupción del mismo Poder Ejecutivo al que debe controlar, la ausencia de ley de Presupuesto durante dos años consecutivos, y casos de nepotismo y conflictos de interés en la designación de funcionarios.
A eso sumó el deterioro de la libertad de expresión y preguntas aún sin respuesta sobre el caso Libra.
"Nada de esto sería posible sin la complicidad de otros poderes del Estado, especialmente del Poder Judicial", afirmó Bermolén. "Hoy vemos nepotismo dentro de la propia Justicia, designaciones cruzadas entre familiares de jueces y una enorme demora en investigaciones sensibles."
Una reforma que merece ser revisada
"El jefe de Gabinete no terminó siendo un primer ministro, no limitó el poder presidencial ni funcionó como fusible político", concluyó Bermolén. "Hoy vemos a un presidente defendiendo personalmente a un jefe de Gabinete cuestionado, cuando justamente la lógica indicaría lo contrario."
Para el director del Observatorio, muchas de las instituciones incorporadas en 1994 merecen ser revisadas. Fueron diseñadas para una circunstancia histórica específica y, tres décadas después, muestran que el problema no es solo de personas, sino también de arquitectura institucional.